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Autorretrato de un maltratador


Se llamaba Alfredo. Bueno, no, pero eso da igual. Lo importante es que era un niño de primaria, como nosotros. Lo machacábamos, lo humillábamos, lo vilipendiábamos, lo insultábamos, lo acosábamos, lo hostigábamos, lo avasallábamos… el español da mucho de sí, pero se queda corto para lo que tuvo que sufrir en esta etapa de su vida. Ahora creo que esto se llama bullying o acoso escolar. Pues bien, aprovechando el  Día Internacional contra el Bullying o el Acoso Escolar y más de 20 años después, quiero contar mi experiencia como maltratador.

No sé ni por dónde empezar. Quizás mejor describir algunas escenas de maltrato que vivimos en esa época, antes de empezar a explicar por qué creo que contribuí por activa y por pasiva a estos linchamientos. Así no parece que las explicaciones se quieren confundir con las excusas, y marcar una equidistancia entre víctima y verdugo. Nada más lejos de mi intención en este autorretratato de un maltratador. 

Por aquel entonces, al tiempo que nos empezaban a salir los primeros pelicos en los huevos, los juegos, a veces novedosos y en ocasiones, los que ya estaban vigentes, pasaron a adquirir un cariz violento que realmente revolvía las tripas de los que tenemos estómagos sensibles, Sobre todo, antes y después de los mismos, porque durante nos dejábamos llevar por el frenesí de violencia. Nos comportábamos como una masa sin cabeza. Y ahí yo no percibía muchos matices en la clase social u origen étnico de los participantes, salvo en el sesgo de género. Todos varones.

Recuerdo muy bien el juego de La Mosca en el que hacíamos un pasillo y una persona, con los ojos cerrados, tenía que cruzarlo, recibiendo capones, hasta que identificaba a uno de los autores correctamente. Y entonces era esa otra persona la que tenía que cruzar el pasillo. Esto en sí mismo no es más que un juego de niños; algo bruto y absurdo, pero un juego, al fin y al cabo. El problema era que el juego tenía una culminación extrema en cada recreo. El último que pasaba después de que sonara el timbre para volver a clase, recibía lo que llamábamos pasillo libre.

Esta modalidad, como su propio nombre indica, era que al no haber sucesor, este último pasillo era gratis para todos y por tanto, los capones eran a demanda. Y los capones se tornaban collejas. Y algunos puños se cerraban. Y si la persona agachaba por los golpes la cabeza, comenzaban los rodillazos. Y alguna patada. El pasillo libre era una pequeña paliza cada día. Y normalmente, todos confabulábamos para que el receptor fuera Alfredo. Recuerdo perfectamente como yo gritaba mientras le golpeaba en las costillas con la rodilla. ¡No valen rodillazos, cabrones! Y todos reían. Yo nunca fui el más sádico de entre los maltratadores pero sí el más cínico, sin lugar a dudas. Y esto irritaba mucho más a los profesores que las propias agresiones. O esa impresión me daba.

Otro juego apasionante de nuestra infancia es el Ajo Duro, que es bastante más simple que el anterior y consiste en pegarse pelotazos a diestro y siniestro entre todos. Creo que incluía un plus de un capón al que le impactaba la bola, pero ya no estoy seguro. Ahí también recibíamos todos, pero se me enturbia la nostalgia de aquellos tiempos cuando recuerdo a Alfredo llorando, acorralado en la esquina de aquel porche dónde nos resguardábamos de miradas adultas, y todos a la vez, como una manada, nos enseñábamos con su cuerpo hecho un ovillo. Entre sollozos y en silencio, se cubría como podía de los balonazos, mientras gozábamos del espectáculo.

En casi todos los juegos era Alfredo el que se llevaba la peor parte, si no toda la parte, pero ojalá el maltrato hubiera consistido solo en esta vertiente lúdica, por así decirlo, de la jodienda. El resto de modalidades de bullying, a mi juicio y quizás por mi mayor protagonismo en ellas, era mucho más retorcido.

Todas las semanas teníamos que confeccionar un texto de ficción en las clases de Lengua y a mí me gustaba mucho escribir historias, pero recuerdo que a veces las ganas no coincidían con los tiempos que exigía el colegio y entonces entregaba auténticas paridas. El caso es que los textos eran votados por toda la clase y había algo así como un premio al relato más aclamado por el público. Hasta aquí todo normal y estúpidamente competitivo, como era la escuela en aquella época.

El problema era que un grupúsculo de la clase usábamos los relatos para mofarnos de Alfredo. En ciencias naturales, descubrimos que los conglomerados eran un tipo de roca de forma amorfa. Y como la palabra amorfo se parecía al nombre real de Alfredo, proliferaron durante un tiempo textos que tenían como protagonistas malvados y estúpidos conglomerados gigantes que atormentaban a todo un pueblo y eran escarmentados de forma jocosa al final de la historia. El caso es que todos sabíamos que esos títulos del tipo El conglomerado gigante, El conglomerado mutante y demás mierdas por el estilo, estaban destinados exclusivamente a mofarnos de Alfredo. El profesor también pero qué iba a hacer, ¿censurar relatos a niños?

Otra situación muy repetida, era la que se producía cuando Alfredo intervenía en clase para responder a cualquier cuestión y se desataba una pandemia de toses con insultos adheridos que hacían prácticamente imposible su participación. Nada comparado a la que probablemente fuera la práctica más despiadada de este acoso escolar que ejercimos con casi total impunidad. Y digo casi, porque cuando llamaban a mi madre, profesora en el mismo colegio donde yo estudiaba, yo si recibía algo de justicia en casa.

Me cuesta hasta escribirlo veinte años después. Había una faceta de Alfredo en la que salía de su rol de víctima y respondía a las agresiones de forma artificiosamente descontrolada. Era cuando nos cagábamos en su hermano, que había fallecido en un accidente de moto cuando él era pequeño. Algunos, cuando queríamos tener una pelea de la que salir victoriosos, nos acercábamos a provocarlo con este tema. Aunque estoy seguro de que alguna vez lo hice, sé que me dolía ver cuando otros le atacaban por esta vía, pero reconozco que había cierto morbo en ver esa transformación de cordero manso a oso enrabietado.

Podría relatar muchos eventos de este tipo; algunos muy sonados, como cuando en un viaje de estudios un compañero de maltrato le pegó una curra mientras estaba desnudo y los demás nos mofamos de su pene; pero yo creo que queda bastante claro que Alfredo sufría de un acoso escolar desmedido y totalmente injustificado. Lo que no tengo del todo claro, es aún ahora por qué, siempre, yo estaba como figurante o protagonista en todas estas historias.

Es cierto que no solo Alfredo era maltratado en esa clase. A algunas se les hostigaba por ser gordas, a otros por feos, a otros por ricos o por pobres, a la otra por gitana, a esta porque su nombre rimaba con asquerosa, a este porque tenía más pelo en el cuerpo, al otro por llevar gafas gruesas, a otra por beata, a otro por infantil, a otra por cursi, aotro por bajo, a otro por pecoso, otro por homosexual… pero me resulta muy difícil calificar estas agresiones como acoso escolar o bullying.

Por supuesto, algo más mayores, algunos me mostraron su dolor por la forma en el que yo y el selecto grupo de gilipollas que me seguía, les molestábamos con insistencia. Y ni todo el arrepentimiento del mundo puede limpiar el asco que aún siento por alguno de ellos; por su debilidad y falta de agallas para defenderse. Luego, cuando entré al instituto, conforme me fueron poniendo en mi lugar, fui descubriendo que ese asco estaba dentro de mí. Era yo.

Pero el caso de Alfredo estaba lleno de ingredientes que han hecho que aún todavía cuando me lo cruzo en alguna de esas confluencias de amigos comunes que hemos podido tener, me siga sintiendo profundamente incomodo ante su presencia. Recuerdo una vez, no hace tanto, que nos cruzamos de fiesta, y me dijo entre dientes, como el habla;

  • Qué cabrón eres, Miguelito…

Era una frase algo fuera de contexto para quién la escuchara sin conocer nuestra pequeña historia pero para él y para mí tenía un profundo significado.

Lo nuestro venía de lejos. En preescolar fuimos muy amigos o al menos él así lo pensaba. Recuerdo  ir montado en la parte de atrás de su coche, un todoterreno, con el asiento lleno de pelos de un pastor alemán que me daba miedo, dirigiéndonos hacia algún lugar que no recuerdo, pero pasándonoslo en grande hablando de nuestras novias de por aquel entonces.

Nuestra idílica relación de amistad se truncó pronto. Yo tenía un amigo en mi vecindario, al que llamaremos Alberto, con el que tenía una relación muy cercana a la fraternidad. Ambos éramos hijos únicos y estábamos a solo un piso de distancia. Recuerdo bajar y subir escaleras con la certeza de que él siempre estaría allí, como si de una extensión de mi propia casa se tratase.

Alberto era un niño fuerte pero no muy sano. Esto último es una interpretación mía de las dinámicas de la relación que teníamos por aquel entonces, jamás confirmada por mis padres. Pero qué cojones iban a saber ellos de lo que pasaba cuando estábamos solos. El caso es que Alberto tenía problemas en casa. Sus padres andaban siempre a la gresca y el amor que él había aprendido estaba lleno de rencor y agresividad. No eran mala gente pero, en general, se trataban mal. Era el típico caso de ya nos separaremos cuando sea mayor. Una madre con una personalidad arrolladora y un padre tranquilo de más y algo sumiso. O eso me parecía a mí. Además, por sus trabajos, no podían dedicar mucho a tiempo a estar al cuidado de Alberto. Mis padres asumieron ese rol con frecuencia.

Bueno, el caso es que Alberto no iba al colegio en preescolar pero sí entró en primaria y aunque al principio no fuimos juntos a clase, dos cursos después sí se cambio de línea sin que yo recuerde un motivo de peso que no fuera estar conmigo. Para él tenerme en exclusividad era muy importante, pero quizás lo era más aún tener todo lo que yo tenía: quería a mis juguetes,  a mis amigos, a mis novias, a mis emociones y a mi familia. En este sentido, vivíamos profundamente alienados. Él quería ser yo pero sin dejarme que yo lo fuera. En muchas ocasiones bajo amenaza de agresión.

Cuando estas dinámicas corrosivas se consolidaron, no hicieron falta más agresiones. Yo ya le pedía permiso para hacer casi todo lo que pensaba que le podía molestar. Era una especie de acuerdo que jamás me pidió pero que yo me impuse a mí mismo para evitar conflictos. Esta situación me avergonzaba tanto que, cuando intentaba transmitirle a mis padres estas sensaciones horribles, me sentía juzgado por sus preguntas y acaba negando yo mismo el maltrato sin empezar ni siquiera a explicarlo.

Aunque hay escenas de nuestra convivencia que prefiero guardar en un cajón oscuro de la memoria, aún me siento raro contando estas intimidades de mi vida con Alberto, porque lo sigo queriendo y sé que él jamás intuyó lo que yo estaba sintiendo. Estaba totalmente encerrado en sus intereses y apetencias; tan insatisfechos como ignorados en casa. Aunque Alberto lleva ya muchos años lejos de mí en demasiados sentidos, lo sigo sintiendo cerca y fue una parte determinante de mi infancia. Además, cuando se separaron sus padres, se abrió paso en él una persona taimada y entrañable.

Bueno, como decía, a Alberto no le parecía nada bien que mantuviera mi amistad con Alfredo. Y ya se preocupó él de hacérnoslo saber. Cuando se dio cuenta de sus debilidades, empezó a intimidarlo y a humillarlo, como hacía conmigo, pero peor, porque él no era de la familia. Yo, mientras tanto, descansaba un poco y no movía un dedo por proteger a Alfredo. Ni siquiera cuando practicaba patadas voladoras de Taekuondo con su frágil cuerpo. O cuando le agredía si se daban un golpe sin querer a modo de venganza. Yo solo me relajaba un rato.

En cualquier caso, Alberto podría ser un sádico lleno de rabia, pero no tenía más carisma que el de ser un gran deportista y tampoco tenía luces para liderar ningún linchamiento. Yo si ocupaba esa figura en clase con más frecuencia de la que ahora me hubiera gustado. Llegaban chicos y chicas nuevos a clase y yo siempre tenía algún comentario sobre su físico o su inteligencia que hacer, que enseguida se viralizaba entre el séquito de cafres, y le daba una bienvenida espantosa a cualquiera que se incorporará a la línea “A” de primaria. Los profesores solían transmitirle a mi madre estos diagnósticos y en casa no hacían mucho esfuerzo por desmentirlos, más bien al contrario. Nunca terminé de sentir que yo era capaz de actuar de manera limpia y positiva. Todo se llenó de fango y así acabé encasillándome en ese rol de instigador de concienzudas campañas de bullying. Con unas notas excelentes, eso sí.

Tampoco yo era ajeno al afán competitivo de Alberto. Recuerdo una vez, desde un séptimo piso, en el balcón, como competíamos por ver quién sacaba más el cuerpo hacia afuera agarrados a la barandilla. Tuvieron que avisar los vecinos del edificio de enfrente para que nos sacaran de lo que para nosotros era un juego más pero que pudo acabar en tragedia, como tantas otras veces. Menos transcendente pero igual de gráfico, era cuando el trazo de nuestras miradas confluía sobre una piña que estaba en el camino y sin mediar palabra, salíamos corriendo a toda prisa para ver quién llegaba primero. Éramos tal par cuál.

En sexto de primaria viví con alivio y con amargura la marcha de Alberto a otra ciudad, pero por aquel entonces ya era un poco tarde para reestablecer la normalidad en la relación con Alfredo. Su madre lo había condenado a la victimización eterna al cambiarlo de colegio en ese mismo curso. Y jamás pude resarcirme del daño causado. Ni siquiera sé si lo hubiera hecho. Aún ahora, después de veinte años, fantaseo aún con tener esa conversación con Alfredo en la que le puedo pedir disculpas y darle ese abrazo mil veces negado. A veces, hasta sueño con que este encuentro se produce, pero luego me despierto y en cierto modo, sigo siendo ese maltratador hijo de puta al que condenáis públicamente todos los años en este Día Internacional contra el Bullying o el Acoso Escolar.


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