Amor y Mierda

Bienvenida, Noor


Noor nació por dónde tenía que nacer y además nació mujer. Yo lo vi. Aquello fue impresionante pero creo que fue ayer, nueve meses después, cuando le di la bienvenida a este mundo a mi segunda hija. En la tele, ambientando algún anuncio de esos sensibleros típico de la pandemia, estaba sonando de Lucha de Gigantes de Antonio Vega. Yo estaba haciendo alguna gilipollez en el ordenador y las niñas andaban en la nueva habitación de Luna. Isa las vigilaba de reojo mientras cosía un arcoíris de macramé. Había cierto silencio para pensar. Incluso para sentir.

Rompí a llorar. El llanto liberó algo reprimido en mí. No sé muy bien el qué porque dentro de mí habita un Estado entero de represión (bolivariano, por supuesto), con toda su rígida burocracia, pero salí corriendo a abrazar a alguien. Al principio no sabía a quién dirigirme pero Noor me miraba a lo lejos, en el umbral de la puerta, con esa sonrisa con la que nació.  Llegue prácticamente derrapando de rodillas y me abalancé sobre ella mientras estaba empinada en la mesita de su hermana, como de costumbre, importunándole en sus quehaceres con ese cariño psicópata que se gastan los bebés.

La criatura se dejó caer en mis brazos y nos abrazamos fuerte. Muy fuerte. Tanto, que cuando aflojé, tuve que mirarle a la cara para ver si aún seguía allí. En su expresión parecía que se hacía cargo de lo que me estaba pasando. Y volvió a ofrecerme los brazos y volvimos a apretarnos fuerte. Luna estaba atónita al ver a su padre roto, recogido en pedazos por un bebé. Pero su madre le animó a sumarse al éxtasis amoroso. Y las tres nos quisimos con furia. Yo también soy un poco mujer ya.

Quiero mucho a mi hija Noor. La concebimos un poco sin querer y por tanto llegó al mundo sin grandes expectativas. Quizás por eso se la ve más relajada. La pobre Luna, en mi caso, tenía nombre ya desde 10 años antes de nacer. Y quién tiene nombre es persona aunque no exista. Por suerte, lleva los casi cuatro años de su corta vida rompiéndome los esquemas y derrocando, poco a poco, el Politburó emocional que me he montado para gestionar esto de ser adulto, que se me da regular.

Es curioso cómo escribiendo sobre mi segunda hija se produce un eterno retorno hacia la primera. Recuerdo cuando, después de los días de rigor en el hospital, volví a ver a Luna. Me parecía que era gigante. Como si la viera con un filtro de lupa. ¡Cariño, he agrandado a la niña! La niña de tres añitos se había convertido de repente en una señora con una especie de demencia senil con la que tenía que convivir mientras cuidaba a un bebé. Empecé a pensar que esta sensación se debía a una especie de recurso evolutivo de los mamíferos para dar prioridad en los cuidados de las crías más desvalidas en detrimento de las que ya son capaces de moverse por su cuenta. Luego me di cuenta que solo era eso: una sensación.

Lo cierto es que nos pusimos a la defensiva con Luna para proteger a Noor. Y hacíamos auténticos equilibrios en la cuerda floja, con demasiadas caídas, para que Luna no sintiera rechazo por la pequeña y al mismo tiempo, que no sintiera el rechazo que nosotros sentíamos a sus movimientos bruscos y merodeos sospechosos alrededor de su hermanita. De hecho, se conocieron con un cabezazo. Ese episodio sería digno de explayarnos, pero básicamente, quisimos preparar un encuentro de manual respetuoso entre hermanas y salió todo mal, como esas veces que vas con tus papelitos impresos a la ventanilla de un funcionario a solicitar alguna ayuda.  

Cuando la cosa se estabilizó y con Isa fuera de combate, empecé a entender que el nacimiento de Noor era una gran oportunidad para conocer más a Luna. Pasamos mucho tiempo juntos y fue un auténtico placer acompañarla en esta transición a dejar de ser única. Cosa que yo no hice jamás, al no tener hermanos y que quizás por ese mismo motivo, pude realizar con asombrosa frialdad y solvencia. La clave para superar con éxito ese aquelarre familiar pasó por digerir que tener un segundo hijo es enterrar parte del primero. Tiempo después Isa y yo coincidiríamos en que fue lo más parecido a un luto que habíamos vivido. Y cuando compartimos y lloramos esta profunda vivencia, fue como regalarnos un necesario funeral.

Esta vez sí, empecé a ser padre antes de que naciera el bebé. Repetir los errores del pasado hubiera sido imperdonable. Estuve emocionalmente involucrado durante el embarazo, el parto y los primeros meses, a pesar de estar preparando la oposición. Y cuando estás, y además estás atento, te empiezas a dar cuenta de lo imprescindible que es una segunda persona para sacar adelante a una criaturita y empiezan a notarse las diferencias en las dinámicas familiares con respecto al rotundo fracaso de la primera. Más claro: la crianza abierta y consciente solo es viable si la pareja se lleva medio bien. Si se lleva medio mal, se rompe todo y los añicos se clavan en tus hijos. Doy fe.

Noor es mi luz, como su propio nombre indica. Cuando elegimos llamarle así pensábamos que era una buena idea abrazar a Zapatero (ese hombre necesita abrazos) y apostar por la Alianza de Civilizaciones. Es por todos conocidos esa querencia tan peculiar de la izquierda española por el mundo musulmán, en especial, por los hermanos palestinos. El caso es que acabamos eligiendo la adaptación inglesa del nombre en vez de Nour. Con doble o, como Google. Esencia árabe pero pegada americana. Como Noor de Jordania, pero al revés. O al derecho. Desconocemos profundamente a este personaje al que nos alude nuestro entorno carca permanentemente.

En serio, Noor es mi luz, mi lucero, mi guía, mi nueva vida, mi renacer… Su sonrisa me debilita la mirada y me descodifica el alma. Los barrotes de mi cárcel se derriten con el poder de sus grandes ojos rasgados, que bailan complacientes en su carita de Sol. Su boca, llena de carne viva y de gritos de dinosaurio, nos hipnotiza a diario. Y su nariz, algo porcina, nos dio pie a rebautizarla como el cerdo vietnamita. De hecho, esta entrada del blog se iba a llamar El Cerdo Vietnamita, pero mi amor se ha llenado de pudor y no he sido capaz de sostener la farsa. La amo profundamente.

En la oscuridad de las noches, si me vienen a visitar los fantasmas del futuro, me cobijo en  su hermosa cabecita de diosa egipcia para ahuyentarlos. ¿Con qué sueñan los bebés? No tengo ni idea y no quiero saberlo. Me gusta pensar que están en otro sitio, demasiado lejos de aquí, y que a veces nos visitan y cuando entienden algo de nuestro Mundo, se van muy deprisa y se lo cuentan todo a ello (un ente), que los mira con ternura y les dice en un idioma aún sin vida: “aún no estás preparado”.

Ya estoy preparado, luz de mi vida. Bienvenida, Noor, a esta Lucha de Gigantes:

Lucha de gigantes

Convierte

El aire en gas natural

Un duelo salvaje

Advierte

Lo cerca que ando de entrar

En un mundo descomunal

Siento mi fragilidad

Vaya pesadilla

Corriendo

Con una bestia detrás

Dime que es mentira todo

Un sueno tonto y no mas

Me da miedo la enormidad

Donde nadie oye mi voz

Deja de engañar

No quieras ocultar

Que has pasado sin tropezar

Monstruo de papel

No se contra quien voy

O es que acaso hay alguien mas aquí?

Creo en los fantasmas terribles

De algún extraño lugar

Y en mis tonterías

Para hacer tu risa estallar

En un mundo descomunal

Siento tu fragilidad

Deja de engañar

No quieras ocultar

Que has pasado sin tropezar

Monstruo de papel

No se contra quien voy

O es que acaso hay alguien mas aquí?

Deja que pasemos sin miedo

Antonio Vega


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