Amor y Mierda

Cuarentena y crianza


El pasado 23 de febrero hice el examen decisivo de la oposición para ser funcionario del Estado. No diré el cuerpo para el que preparaba porque hasta a mí me daba exactamente igual. El más aburrido, quizás. Mi rendimiento en la fatídica cita fue menor del esperado y el mejor de los pronósticos aventuraba dos meses de espera para conocer la nota y en el mejor de los casos, algunos más para el nombramiento y asignación de destino.

Los primeros días sentía un luto terrible; como si hubiera sufrido una gran pérdida después de cuidar a alguien muy cercano durante un año y medio. Una sensación de dolor en un miembro amputado. Era lamentable no poder sentir alivio al terminar el examen y tener que lidiar con toda es incertidumbre durante un tiempo indefinido. Además, la gente cercana habían sufrido con servil paciencia a la causa bajo el prometedor mantra; “cuando termines de estudiar, voy”; “cuando te examines, vamos”… Todo mi entorno orbitaba en torno al examen y por tanto, querían acompañarme en un renacer que no parecía llegar durante esos primeros días. Opositar era como una secta y al salir solo me quedaba un puto shock; nada de dinero y una buena crisis existencial.

Por suerte, antes de lo esperado, a principios de marzo, ya empezaba a encontrarme algo mejor. Estaba haciendo planes con la familia que incluía salidas al campo, a la playa, a restaurantes, al cine… cosas que durante el proceso me fui vetando conforme vi que ser funcionario solo era posible sufriendo muchísimo. Y cuando no fui capaz de renunciar a estos privilegios, me llevaba a todos lados mis apuntes y la culpa; luego solo la culpa sin apuntes. Luego, solo me llevaba mi cuerpo, y mi alma se quedaba repasando temario en casa. Durante esa época no recuerdo haberle regalado una sonrisa a nadie. Quizás a Luna porque ella no entendía nada de la que significaba la oposición y me daba vergüenza ponerme denso con ella. Aun así cuando me fui a Madrid a hacer el examen me despedí como si fuera a morir.

Como decía, iba recuperando mi vida poco a poco, tema a tema, sin prisa, sabiendo que iba a ser difícil reestablecer los vínculos erosionados por la oposición y con la presión de no saber si el esfuerzo serviría para tener un sueldo fijo de mil y pico euros para toda la vida o para absolutamente nada. Ser un puto looser o un poco menos looser y vivir de otros looser toda la vida. Y bueno, hemos venido a jugar.

Entiendo que parezca un problema menor preparar una oposición, debe ser hasta irritante tanto drama por rellenar un puto papel, pero estamos de suerte, porque el día 11 de marzo, el Gobierno decretó el Estado de Emergencia para frenar la ola de contagios de un virus ya por todos conocidos. Por fin, un confinamiento universal en el que estamos todos incluidos, sin excepción. Podemos ver como hablan de nosotros en las tertulias como si lo que pasó ayer fuera ya un clásico del anecdotario de la cuarentena y lo que sucedió hace una semana forme parte de un pasado remoto que es mejor no remover.

El primer día de reclusión sentía el impulso de insultar y provocar en Twitter a todos esos padres que han delegado la educación de sus hijos en instituciones perniciosas y pantallas. Estuve pensando todo el día: “Ya verás que sorpresa cuando conozcan a sus hijos. Solo comparable a la que se lleven sus hijos cuando los conozcan a ellos”. Por suerte, pude sofocar los calores del cinismo y no derrochar energía molestando a los demás. 

De los siguientes días, lo que más recuerdo es estar fregando platos sin parar. Parecía un restaurante. Su menú vegetariano, mi menú omnívoro, el menú para viejas de Noor, el menú totalmente aleatorio de Luna (eso sí, con ingredientes dispuestos de manera homogénea y con platos cada media hora durante todo el jodido día). En todo caso, le puse mucha voluntad al arte culinario y me especialicé en las meriendas quemadas en el horno. En estado de alarma, con todos en casa, a falta de masturbación, me dio por chamuscar postres de manera compulsiva con la inestimable colaboración de Luna.

Isa estaba enferma y por eso las tareas del hogar quedaron todas mí bajo mi responsabilidad. El fantasma del Coronavirus se instaló en la casa y Luna empezó a tener síntomas que incluían delirantes madrugadas con fiebres. Las toses de Isa, las de Noor y las pesadillas de Luna amenizaban mis descansares aderezados con Orfydal. Durante el día, viendo la que se nos venía encima y aunque ya estaba contraindicado, oxigenaba la salud física y sobre todo psicológica de la casa, sacando al perro con una niña o con las dos al descampado de enfrente del consultorio médico. Siempre había unos pocos zombis en la entrada para recordarme la pandemia. 

Uno de esos días previos a la censura policial salió Isa con nosotros y me recordó la escena, por las pintas que llevábamos y el ambiente, a esas películas de adolescentes con hijos marginales del extrarradio de Madrid. Hay una autovía cerca del descampado que podría ser la M-30 y a veces escuchamos flamenco en el móvil para darle el toque cañí. Un buen cuadro: lleno de barro y harina. Con el chándal y la capucha puesta. Y las niñas sucias con pijamas. Y el perro flaco. Además, en esa época todavía se escuchaba el eco de las consecuencias del éxodo de una caterva de tarados de la capital que venían a expandir el virus a la costa. Quizás por eso me dio por ahí…

A mitad del cautiverio, Isa estaba mejor y el restaurante, aunque con pérdidas, seguía funcionando, pero las cosas se empezaban a complicar. La policía ya me había advertido que no podía salir a pasear al perro con las niñas. Ahí empecé a tomar conciencia de que no iba a seguir haciendo lo que me salía del pijo. Y eso, a mis treinta y pico años, lo sigo llevando fatal. Quizás peor que Luna. Durante esos días la cosa empezó a torcerse. Y la cuarentena no afectó solo a los miembros de la familia, sino también a nuestros valores. En algún punto de aquellas noches recuerdo estar escribiendo estas líneas sin hacerle ni puto caso a mi hija. A la que le puse su vestido de Froozen y le dije que se buscara la vida.

En algún punto de aquellas noches recuerdo estar escribiendo estas líneas sin hacerle ni puto caso a mi hija. A la que le puse su vestido de Froozen y le dije que se buscara la vida

Para llegar a ese punto de hartazgo pasé por varios eventos muy intensos de convivencia con Luna; algunos propios de la cotidianidad y exacerbados por el confinamiento, pero otros propios de los nuevos tiempos pandémicos, de entre los cuales me quedo, sin duda, porque me sirvió como aprendizaje para el resto de la experiencia y específicamente para algunos problemas con la autoridad que llevo arrastrando desde hace unos cuantos años.

Estábamos en casa, era mediodía y yo estaba desesperado porque había ya desayunado y almorzado y aún quedaba demasiado para la comida. Con Luna ya había hecho todo los juegos que la lumbalgia de cargar a Noor en la mochila consentían y pensé que era buena idea desafiar un poco las reglas y así se lo plantee a ella. Que podíamos salir al paraje del final del paseo de la playa, que sería nuestro secreto y que la policía no se iba a enterar. Aunque vi mi destino en la mirada que me lanzó Isa, dejé en manos de una niña de menos de cuatro años la decisión de transgredir las normas de un confinamiento que parecía comenzar a entender a duras penas. ¿Lo entiendes, cariño? Esta mal, pero no va a pasar nada… ¿Qué podía salir mal?

La idea era desplazarnos en coche. Y así hicimos. La policía estaba en una de las muchas redondas que hay en un trecho de poco más de 3 kilómetros parando a algunos coches. Se me ocurrió comentar la situación a Luna. Y ella empezó a sentir algo de pánico. Como llevaba la radio puesta, apenas la escuchaba balbucear apesadumbrada pero como intuía como se estaba enturbiando su decisión aceleré un poco y eché por calles aledañas a la principal para evitar sorpresas, diciéndole estupideces sobre las bondades de la policía. Como que solo estaban ahí para ayudarnos a cumplir las normas. Llegamos al lugar. Bajé al perro del maletero. Y Luna no quería salir del coche. La convencí. Ya sabía lo que pasaba. Ella realmente no quería saltarse las normas. Solo quería estar con su padre un rato.

Cómo tantas otras veces, hasta que no verbaliza sus verdaderos temores, la estaba manipulando para que avanzara hasta que por lo menos nos alejaremos de la vista de justicieros a sueldo o voluntarios. Estos últimos mucho más peligrosos. La llevé en brazos el último tramo del trayecto y la solté a ella y al perro también para que persiguiera unos conejos entre los matorrales. Conforme pisó el suelo, se dejó caer y gritó que quería volver a casa. Y yo sabía perfectamente que no se sentía bien porque estábamos incumpliendo las normas. Temía a la policía. Pero necesitaba escucharlo de su boca. Cuando lo dijo, yo me enfadé mucho. No sabía porque quería respetar las normas. Yo, que tanto presumía de educar en rebeldía. Acaso entendía mejor que yo que significa la cuarentena. Quizás en la escuela le enseñan a ser temerosa de la policía. A lo mejor no era culpa del colegio, era mi suegra, sus amigos hijos de Guardias Civiles, los dibujos animados, la publicidad, el machismo, los chemtrails, Soros… O espera… era mi madre poseyendo a mi hija para juzgarme y advertirme de mi condena social sería la suya… Todo es posible si uno está lo bastante loco.

El caso es que retorcí todo ese batiburrillo de pensamientos para poder gritarle a mi hija y explicarle que me sentía víctima de sus vaivenes al tiempo que le dejaba caer que a su edad no debería ser tan lamebotas. ¡Casi cuatro putos años, Luna!, ¿y aún no eres una punky quema cajeros? No le dije esa mierda, pero era la idea. Indignado porque mi hija decidiera seguir las normas y porque mostraba respeto a la autoridad. Volvimos en silencio todo el camino hasta que dijo: “Se lo vamos a decir mamá”. Sí, le dije. A ver qué piensa ella.

Lo cierto es que Isa no me juzga por estos incidentes. Yo sí a ella, cuando ella sucumbe a su neurosis. Soy una máquina de juzgar. Soy el puto juez Dredd. Pero me callo casi siempre. Ambos sabemos que es muy difícil amansar nuestras creencias más tóxicas para no proyectarlas en Luna, pero la jugada no siempre sale bien. En este punto, solo cabe restablecer los vínculos que se agrietan con cariño y comentar lo sucedido con naturalidad. Pedir disculpas si es necesario y aclarar que nada de lo que había pasado su culpa. Tirar por la borda otro saco de expectativas y seguir navegando.

La orquesta seguía tocando. En la tele un montón de personas creativas haciendo jocosos vídeos en casa. Amantes de la opera de toda la vida en barrios de mierda. Deportistas haciendo el mongolo con un rollo de papel higiénico. Influencers chupando tapas del wáter de un avión. Gente homenajeando a la gente que aplaude a la gente que aplaude que le aplaudan. O algo así. Yo reconozco que me pierdo en los bucles de solidaridad y valentía del pueblo español.  ¿Ves? Ahí si comparto con Luna la aversión a casi cualquier acto gregario. No me preocupa mucho porque nos estamos curando juntos de esa manía. Ya hemos ido a varias manifestaciones y en los cumpleaños ya no lloramos tanto cuando cantan el cumpleaños feliz.

Llevo intentando leer Ternura y Agresividad de Juan José Albert Gutiérrez toda la cuarentena y una de las interrupciones más sonadas, sobre todo, para los vecinos, fue la del otro día.

Isa le construyó a Luna una cabañita cerca del sofá con unas sábanas y una mesa pequeña volcada a modo de pared con sus ventanitas y algo parecido a una puerta más o menos a prueba de bebés para que pudiera montar su propia cuarentena de nosotros, y al ser posible, cerrar por dentro un ratico, para darnos un respiro. El día de la inauguración todo fue bastante bien. Yo la visite un rato y estuvimos jugando muy a gusto. Fue una anfitriona excelente. Pero el día siguiente la volvimos a construir el habitáculo y algo no le cuadraba. Parecía que tenía los putos planos de la casa en la mente. Se ve que el pilar de carga no estaba exactamente igual que el día anterior o algo así. Con esta discrepancia se complicó la tarde.

En estos casos, cuando empiezan los gritos Luna se va quedando aislada poco a poco, conforme todos nos damos cuenta, incluido ella, que la comunicación no fluye a esos decibelios. Pero a veces a Isa le resulta insoportable e intenta regar el árbol al que Luna señala después de haber descuidado juntos el bosque entero en nuestro trato con ella durante el día. Y la mamá acaba gritando también y se desespera, y se mueve y hace aspavientos y se va y se cierran puertas. Y se escuchan ruidos. Y papá intenta mediar. Y papá tampoco guarda la calma y se mueve y gesticula con vehemencia y repite frases lapidarias con insistencia y nadie le hace caso. Y acaba gritando. Y se abren puertas.

Parecía eso ‘Pressing Catch’. Me gusta imaginar a Isa en la habitación rompiendo las sillas como hacían los luchadores más rebeldes fuera del ring. Luego, nos chocamos la mano y vuelve ella con más energías. Se sube al sofá. Se golpea en el codo con la otra mano y… al final: “Quiero mamá”. Ella le da mamá y c’est fini. Papá con taquicardia y más agresividad que ternura en el cuerpo.

Parecía eso ‘Pressing Catch’. Me gusta imaginar a Isa en la habitación rompiendo las sillas como hacían los luchadores más rebeldes fuera del ring.

A pesar de estas y otras anécdotas jocosas que seguro que no vamos a mandar a la televisión, pero que estaría bien tener grabadas, Luna ha estado estos últimos días muy cariñosa. Nos dice continuamente que nos quiere a todos y se muestra cada vez más habituada a esta nueva vida sin colegios, sin parques, sin abuelos…

Cuando le da por jugar sola se le puede escuchar como planta cara a las grandes potencias internacionales en la búsqueda de una vacuna contra el coronavirus. Con mucho menos medios, pero eso sí, con chuches y algodones de azúcar llenos de verduras. Ella lo blanquea todo con verduras. El binomio salud-verduras lo hemos explotado tanto en la praxis y en la teoría que son términos confusos para ella.

También en estos espacios saturados de humanidad está dando muestras de una autonomía inesperada. El otro día ella misma se dio cuenta de que estaba cansada y se acostó a dormir la siesta sin que nadie le mencionara nada. Esta experiencia nos dio pie a montarle al fin su propia habitación y después de jugar e inventar unos cuentos juntos, como siempre, parece que va aguantando en su camita. Y si no puede, en seguida se acuesta en la mía en su antigua habitación. Y no pasa nada. Para eso estamos.

Ya en el colmo de la madurez, también, un día de estos, cuando Isa y Noor se acostaron a dormir, nos vimos una película francesa en La 2. La peli iba sobre los devaneos personales de tres hermanos criados en la campiña francesa, que tras la muerte del padre deben decidir si seguir haciendo vino o vender la propiedad (eso sí, propiedad indivisa). Tremenda clavada de impuesto de sucesiones, por cierto. El caso es que aguantó la peli como una campeona y tuvimos ocasión de hablar de la muerte y del amor de una manera muy estimulante.

También intenté explicarle que la gente que aparecía en los flashback en otros lapsos de tiempo no eran personajes nuevos si no los mismos pero evocando recuerdos, pero creo que no lo entendió. Le dije que pensará en la manzana que se había comido antes. Y que ahora ella iba  aparecer delante comiéndose esa misma manzana. Ni yo mismo entendía bien mi ejemplo. Sí que me dijo que ella cuando fuera mayor iba a hacer con el chico que le gusta del cole lo mismo que hacían dos personajes que estaban reconciliándose a lo bestia en la cama (bueno, bestialidad dentro de los márgenes franceses). Yo le dije que probablemente lo haría con otros hombres…

Luego, mientras nos tomábamos la leche con cereales, hicimos un pequeño cine fórum y pensé en lo triste que debe ser que a los niños les roben una aproximación temprana a las cuestiones importantes como el amor o la muerte. Y que los adultos lo ensucien todo de prejuicios y paranoias. Creo que es el mejor momento para intuir y soñar conceptos, puesto que las definiciones levitan en nubes esponjosas de emociones que el día de mañana se condensarán hasta el punto de llover sobre todos nosotros. Y ahí seguiremos acompañando, chispee o diluvie, pero siempre con el paraguas de haber sido conscientes de las necesidades de nuestros hijos y haberlas insatisfecho con honesta dedicación.

En este sentido, me pregunto si es pertinente ahondar mucho en el concepto de cuarentena, en la medida en que en las primeras menciones, apenas pareció oírlo, no ya escucharlo, y en las siguientes se fue configurando una tormenta de confusión. Y cuando ella ensordece es porque sobran palabras. Sabemos que en breve Luna tendrá la vacuna del olvido de su vida pasada preparada para hacerse inmune a la infección real; la social; la del miedo y la miseria. Si esta situación se vuelve crónica, ¿seremos capaces nosotros de rechazar la tentación de esa misma vacuna del olvido? Espero que sí. Por el bien de ellas. Por el bien de todos.


También te puede interesar...

2 Comments

  • Avatar
    Reply
    Fernando Bernal García
    abril 12, 2020 at 5:12 pm

    Me parece u a buena reflexión. Continua.

  • Avatar
    Reply
    Taisa
    mayo 15, 2020 at 5:12 pm

    Qué bonicos y qué inocentes los niños… XD Mi hijo dice que se va a casar con su amiga de clase cuando sean mayores. Todo convencido. Se me rompe el corazón de pensar ahora que nos vayamos, la verdad. Y que igual no se vuelven siquiera a ver nunca.
    Lo peor es que creo que lo voy a pasar yo peor que él xD La nena yo creo que sí lo va a pasar mal, al menos de primeras.

¡Dale!, no te cortes, por favor...

Abrir chat
Clases de yoga online