Amor y Mierda

Manos de topo


La ficción salvó mi vida. Así de crudo. Cuando la ansiedad me estaba comiendo; se llevaba mi carne y corrompía mi cerebro; acudí a varias terapias convencionales, incluidas las conductistas, y no encontré respuesta a mis problemas. Me sentía aún más culpable por sentirme así. Un auténtico enfermo al que le pesaba la etiqueta y la enfermedad. Un mimado de mierda que le quedaba grande hacerse mayor. Un inútil que no pintaba nada en su casa ni fuera de ella.

Luego, poco a poco, ahora no recuerdo muy bien cuando ni por qué, fui abriendo la mente a otras experiencias, que permitieron tomar conciencia de que mi vida era una historia que merecía ser contada, al menos por mí. Me sentía aplastado por ser incapaz de aceptar lo inaceptable y sin embargo, permanecía en la inacción, esperando que alguien me alentase a tomar decisiones drásticas que frenaran una caída que parecía no tener fin o tener el único fin.

Yo; inmune a los gurús, escéptico vocacional y fervoroso del ateísmo; allí estaba, escuchando movidas de reiki, registros acásicos y de otras cosas que nunca recuerdo muy bien cómo se llaman. Cursos de chamaniso urbano, el niño interior… rituales del cacao. Lo que hiciera falta. Estaba hábido de mí. Necesitaba historias. Quería que en mi vida se adentrara lo épico y me diera el calor en los huesos que la huida de la carne había dejado desvalidos. Quería carnaza. Quería fantasmas, brujas y lobos. Me rodee de todos ellos. No es casualidad que en esta época aceptara la invitación a la separación de la que por aquel entonces (y sigue siendo) mi pareja y me fuera de casa.

Esa importante decisión, que después nos construyó como una familia real, pero que entonces fue un verdadero dolor, la tomé en parte por las señales que me mandaba una especie de narrador omnisciente al que algunos llaman Dios y otros nombran con toda una serie de eufemismos horteras no queriendo decir Dios. Yo parezco estar en este segundo grupo de personas. Pero me importa una mierda. Yo sé que clavarme dos días seguidos en el ojo un enganche que usábamos para cerrar la puerta de salida del patio de la casa cuando jamás me había pasado antes,  significaba algo. Y que probablemente tendría que abrir los ojos ante la realidad de que salía de esa casa con una mala hostia impresionante casi todos los días. Antes de quedar ciego del todo había que asumir la ceguera en la que estaba asumido y ver la realidad atravesada por la ficción, porque la realidad a veces es tan dura que la ponemos al servicio de la ficción y nos volvemos totalmente idiotas.

La mayoría de las personas con las que me encontré en esos lugares y prácticas si no eran idiotas lo disimulaban muy bien. Retorcían la realidad para encajarla en estructuras narrativas extremadamente lineales y aburridas, en las que un gurú les prometía la entrega de unos poderes que para sí mismos procedían de un don, pero que para los demás era un tortuoso camino que incluía siempre desembolso de dinero y la aceptación de unos dogmas en ocasiones tremendamente disparatados. Jamás me creí una sola palabra de todas esas magufadas pero el tiempo que estuve allí,  las puse al servicio de transformar mi realidad. Darme la importancia que sentía que me habían arrebatado. Y creer que hasta yo merecía la oportunidad de tener en mi vida algún Perfect Day como Lou Red: pensar que era alguien diferente, alguien bueno. Alguien válido, añadiría.

Lo que yo he venido a defender aquí es que debemos poner la ficción al servicio de la realidad, justamente lo contrario a lo que, por norma general, ofrecen algunos gurús espirituales, ya se manifiesten en forma de  chamanes o couches. Al servicio de nuestros hijos. Al fin y al cabo ellos son los que nos mantienen con los pies en el suelo y nos permiten centrarnos en lo esencial. La crudeza de sus deseos y miedos nos recuerda que somos seres inacabados y no hay mejor idea que rellenar los espacios oscuros con historias.

En este sentido, si bien siempre he sentido una vocación por comunicar, principalmente mis propias emociones, se da la circunstancia de que en mi familia, tanto en la vertiente materna como paterna, hay una tendencia muy clara a mantener en la oscuridad lo que puede hacer sufrir; al otro, pero sobre todo, y como consecuencia inevitable, a uno mismo. Esta discapacidad para compartir lo esencial, sin necesidad de ponernos excesivamente místicos, me ha hecho pensar en muchas ocasiones que el destino me había concedido el rol de sanar este déficit y por eso he pasado gran parte de mi vida intentando vulnerar el escudo familiar forjado a hielo y he de reconocer que he fracasado, salvo en aquellas circunstancias que me expuse tanto a la debacle emocional que mamá y papá tuvieron que intervenir, poniendo en juego sus propios pesares. Jamás me sentiré culpable por ello.

Por suerte, después de diez años de relación y casi cuatro de paternidad, he descubierto que tengo una familia. He tardado mucho pero creo que hay gente que se muere sin saberlo. El resentimiento hacia sus padres y el peso de la estirpe, hace que jamás miren hacia adelante y además se meten en terapias que malinterpretan, creando un excelente ambiente para quedarse atrapado por el pasado, como esos títulos de los telefilmes de fin de semana de Antena 3.  

En mi caso, siempre tuve conciencia de la importancia de contar historias. Sobre todo, cuando era yo el protagonista. Por eso estudié periodismo y por eso jamás lo ejercí. No es casualidad que lleve diez años sin escribir para mí. Todo este tiempo he estado pendiente de cumplir con las expectativas de los demás. Ya sea en el plano profesional o familiar. Ahora sé que madurar no es renunciar a las pasiones, ni empezar a denostarlas, llamándole apetencias, si no el proceso mediante las haces compatibles con tus obligaciones.

La Cerdita y el Topo: en la granja pasó algo (Ft Luna)

Había una vez una granja en la que vivían muchos animales. En la granja no se vivía mal pero los algunos animales sabían que cuando crecieran se los iban a comer. Entre ellos estaba La Cerdita, que quería salir de la granja para irse a vivir al bosque. Esa idea se le metió en la cabeza escuchando al Cuervo, que le comentaba siempre lo que pasa en el día a día de los habitantes del bosque. Hoy le estaba contado como los ositos estaban aprendiendo a coger la piel de los panales que colgaban de los árboles pero todavía no sabían cómo hacerlo y eso hacía que las abejas se dieran cuenta. Entonces tenían que salir corriendo a toda velocidad para refugiarse en el rio, donde también tenían problemas con las pirañas, que les mordían los tobillos. Pobres ositos. También le contó como la primavera había llenado de colores el bosque. Todo lleno de flores amarillas, naranjas y azules.

El cuervo se despidió de La Cerdita y se fue volado a seguir con su magnífica vida en libertad y ella se quedó un poco triste pensando que jamás conseguiría salir de la granja. Cuando ya estaba a punto de llorar empezó a escuchar un ruido parecido al que hacen los cerdos mayores en el camión cuando se los llevan a dar un paseo del que no vuelven. Un ruido de pezuñas. Parecía que venía de debajo de la tierra. Y de repente se abrió un agujerito. La Cerdita se asomó y acercó mucho un ojo para ver que había dentro. Entonces un topo intentó salir y La Cerdita ambos se lamentaron por el dolor del golpe.

Cuando se recuperaron del choque y aclararon el malentendido, El Topo le explicó a La Cerdita que estaba intentando encontrar un agujero que le permitiera ir desde su topera al bosque. Y la Cerdita le respondió eufórica, con la expectativa de que El Topo pudiera ayudarla, que su sueño era también conocer el bosque y vivir muchas aventuras fuera de la granja. El Topo le aclaró que él no podía hacer un agujero por el que ella cupiese pero le advirtió sobre la posible existencia de un charco mágico de barro que comunicara la granja con un mundo subterráneo lleno de canales y cuevas. Y quizás allí podría encontrar algún camino al bosque.  Luego se fue sin despedirse.

El encuentro con El Topo llenó de esperanza a La Cerdita, que necesita saber más sobre ese charco mágico que mencionó El Topo. Para estas cuestiones, lo mejor sería acudir al burro, el animal más sabio de la granja. Éste le contó que no había escuchado hablar del charco pero que últimamente en la granja habían perdido de vista dos gallinas y que nadie sabía la causa. Quizás estas misteriosas desapariciones tuvieran algo que ver con ese charco y no estaban relacionadas con los coyotes ni con los lobos, como decían la yegua y las avestruces.

La Cerdita le pidió al burro, que había aprendido a abrir los cerrojos de los rediles y corrales, que esa misma noche, cuando todos durmieran, fueran al corral de las gallinas y buscarán el charco mágico que le permitiera escapar de la granja. El burro accedió y por la noche pasó a buscar a La Cerdita y la acompañó en su búsqueda. Fueron muy sigilosos hasta llegar al corral para no despertar al granjero, pero una vez allí, se encontraron con el gallo que para proteger a las gallinas quería coserlos a picotazos. El burro tras un forcejeo, cogió su cuerda para emergencias y ató de alas, patas y pico al gallo. Le pidió disculpas por la intromisión y le explicó que no iban  a hacer daño a las gallinas. Solo a investigar las desapariciones.

Una vez allí, revolvieron todo el corral y no vieron ni rastro de charcos, ni mágicos ni normales. Pero de repente el burro empujó con la cabeza un saco enorme de cebada y dejó al descubierto un charco de barro de un color un poco extraño. La Cerdita, acudió corriendo al aviso del burro y con mucho miedo, se puso encima del charco. Con la sopresa de su amigo el burro, comenzó a hundirse. Tobillos, rodillas, caderas y cabeza. Cuando cayó en el túnel subterráneo, se resolvió el misterio de la desaparición de las gallinas y le dijo al burro que por favor lanzara el saco de cebada para que tuvieran algo de comer, que andaban desesperadas revoloteando por el túnel.

Tras despedirse de las agradecidas gallinas, emprendió un camino por las galerías subterráneas y fue a dar con la topera donde vivía El Topo que le había descubierto la existencia del charco mágico. Su madre, muy enfadad le dijo que no tenía nada que hacer allí y que se fuera. Ella no podía ayudarle. Estaba criando a ocho topitos hambrientos y no tenía ni idea de cómo llegar al bosque. La Cerdita salió muy apenada de ese encuentro y se fue por dónde había venido para ver si podía regresar a casa, pero antes de llegar a dónde estaban las gallinas, fue alcanzada por un topito que le dijo que le enseñaría el camino al bosque a cambio de que le dejará ser su compañero de aventuras. La Cerdita accedió a la propuesta y le dijo que se subiera  a su lomo…

Continuará…

Bueno, yo creo que ya está bien. Este es el comienzo de uno de los últimos relatos orales que he ido creando con Luna pertenecientes al universo narrativo de La Cerdita y El Topo. Las historias de estos bichos comenzaron hace mucho cuando mi terapeuta me habló de los cuentos masajes.

Por aquel entonces ya habíamos pasado de leer cuentos directamente de los libros que íbamos comprando a versionar cuentos clásicos e idear algunos derivados. Por ejemplo, ya controlamos todo el espectro cromático de caperucitas. La última en consolidar su propia historia ha sido caperucita azul claro, vive en una cueva como los antiguos pobladores con la única compañía de Kabul el lobo y tiene como objetivo recuperar las uvas de sus viñedos que le ha robado algún animal. Sin hacer spoiler, advierto que no le será nada fácil recuperar su bien más preciado.

Soy consciente de que no me van a dar un Pulizter ni un Nobel de  Literatura por mis historias pero el puto universo Marvel se queda pequeño con La Cerdita y El Topo. En mis trabajos como director de periodismo para una universidad Argentina estuve investigando sobre narrativas transmedia y llegué  a impartir algunos seminarios al respecto. Me obsesioné con la idea del periodismo transmedia y me fascinaron algunos trabajos realizados en la Universidad Nacional de Rosario, como este sobre trata de mujeres. Sin excesivos medios había posibilidad de generar impacto con contenidos complementarios sobre públicos distintos para un consumo que permitiera marcar su propio itinerario dentro de un entramado de producciones que se planificaba como algo similar a los mapas de metro de las grandes ciudades y abría las puertas mecanismos de interacción con los usuarios mucho más sofisticados, con repercusión real en los contenidos y en su compromiso con el cambio social.  

Es obvio que el cuento no es ajeno al periodismo. Como no es ajeno al arraigo. Mi abuela me contaba todos los clásicos cuando me quedaba con ella a dormir y luego se ponía a roncar como un oso mientras yo fantaseaba con esos personajes y cómo responderían ante otras situaciones y estímulos y deseaba verlos aparecen y desaparecer en otras historias de las que ya conocía. Yo ya era un creador de lo que ahora llaman crossover con algo más edad de la que tiene Luna ahora.

Esto me lleva al origen de la franquicia La Cerdita y El Topo. Un día sentado en el sofá cogí una de las prendas que se suelen quedar escondidas entre los cojines. Algo pequeñito de Noor, supongo. E hice algo que seguro que habéis visto hacer a alguna persona mayor de la familia. Probablemente con un pañuelo de los mocos. Hacer una especie de canuto con la prenda y fingir que cobra vida empujándolo por detrás. Creo que mi bisabuelo hacía algo así…Espero que no se pierda ese noble arte.

Luego nos trasladamos al terreno del barro. Si algo dejan las inundaciones en Los Alcázares, es barro. Un mejunje pegajoso que tarda semana en irse. Y si le dejas, se te mete en el cerebro y te vuelves taciturno y algo mezquino. Pero bueno, ese mismo barro es bastante aprovechable para hacer manualidades. Y mientras Surco persigue conejos, con Luna dimos forma a una cerdita y a un topo que nos llevamos para casa.

Más tarde, y ahora sí conviene retomar lo de los cuentos masaje, pasamos directamente al terreno de los guiñoles pero sin nada que diera soporte más allá de mis manos. Creo que se puede llamar directamente cuentos de mano. La Cerdita y El Topo forman parte de un elenco de prsonajes animados y animales cada vez más extenso y que no es necesario enumerar porque están todos. Antes intentaba ser riguroso en las figuras que los representaban pero luego caí en la cuenta que a Luna solo le interesan las tramas y que ella fuera la protagonista de los cuentos.

Lo que empezó como una excusa para poder acariciarla y abrazarla antes de dormir para que nos relajáramos ahora es todo un ritual en el que Luna asume los roles en estas ficciones manuales que más le convienen para afrontar sus inquietudes cotidianas. No es de extrañar que la mayoría de diálogos con La Cerdita (más pequeña y sumisa) intenten recrear el nuevo rol al que ha sido relegada tras el nacimiento de Noor. Mientras tanto, El Topo (más mayor y con actitudes paternalistas) intenta proteger a La Cerdita cuando Luna se vuelve demasiado despótica. Odio que el Topo me corrija en los cuentos pero Luna siempre acude a él porque le encanta vernos pelear.

Es nuestra puta vida en un entorno controlado en el que Luna tiene capacidad para asumir su rol deseado y no el impuesto por nuestra superioridad física y emocional. A veces pierdo el hilo admirando su cara y en sus gestos se percibe que se trata de experiencias mucho más allá del momento. Estamos aprendiendo vivir con estos animalitos histriónicos. Ahora tú dices… ¿vale? Y yo te digo…¿vale? Y así recreamos infinidad de conflictos cotidianos. Miniaturas de las conversaciones que tiene con su madre en los que ella se pone del otro lado. Ejercitando así una especie de empatía rudimentaria que apacigua su sufrimiento y le permite verse amando y rechazando a la vez. Ojalá La Cerdita y El Topo me hubieran acompañado en ese aprendizaje a mí cuando era un niño. También es cierto que yo no tuve una Noor que me  obligará a hacer cambios importantes a una edad tan temprana pero ser hijo único tiene otras desventajas por casi todos conocidas.

Más allá de las bondades de estas tramas, considero que se tratan de un ejercicio revolucionario, ya que han conseguido atraer la atención de Luna sin ningún coste económico y sin más tecnología que un par de manos. No hace falta comprar nada y usar nada para entretener a un niño. En este caso, ni siquiera otros niños. En casa, casi siempre jugamos a eso, hasta el punto que hemos llegado a valorar si es sana la pasión que muestra por este juego de personajes y roles. Pero yo creo que su pasión habla más de mi incapacidad de defender mi persona sin personajes y de darle un entretenimiento sostenido sin que salten resortes atávicos basados en creencias inculcadas de que lo divertido es peligroso. Si soy La Cerdita y El Topo, no soy yo, y estoy protegido en parte de ese sufrimiento que inevitablemente se transfiere con el contacto humano.

Hay amor en esos cuentos pero también hay educación. No me gusta intervenir en los actos de Luna y menos aún en sus pensamientos e ideas pero en contadas ocasiones, al calor de la noche, entre edredones, ella se desnuda totalmente ante mí porque se olvida de que estoy presente. ¿No es eso el amor? Les cuenta cosas a mis manos que jamás ha mencionado a mi cara. Y eso hace que pueda ver en sus pequeñas profundidades rincones que me sorprenden gratamente o me asustan y entonces, solo entonces, aprovecho para indagar en esas cuestiones, pero el resto del tiempo me mantengo firme y flexible en una serie de valores consensuados para esta crianza militante y disidente que nos hemos propuesto en casa y que muchas veces confronta con la que llevan a cabo la escuela u otros familiares que nos echan una mano. En el plano más operativo, he frenado rabietas con La Cerdita y el Topo, pero no abuso de este poder porque tengo miedo de que mi hija ponga la realidad al servicio de la ficción y se equivoque de lado en su lucha por alcanzar la madurez.

Ojalá Luna tuviera edad para formar parte de esta sistematización de nuestras experiencias y este texto estuviera menos lleno de mí y más de ella, que es la verdadera protagonista. Lo único que sé a ciencia cierta es que esta noche volveremos a contar hasta diez los dos juntos y que habrá un nuevo pero eterno desfile de animalitos de mis manos hacia la imaginación, donde ya no me pertenecen y libraran batallas contra males ancestrales de los que jamás nos libraremos pues los necesitamos para seguir construyendo ficciones que nos mantengan fuertemente arraigados a la realidad que nos tocó vivir.


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