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¿Pero es que nadie va a desconfinar a los niños?


Los Simpson, esa especie de realidad aumentada que nos ha acompañado en nuestro desarrollo a toda una generación y que representa bastante mejor la moral de nuestras sociedades que los medios de comunicación de masas, infectados de una condencesdencia perversa que nos intenta inocular ideas y ocurrencias totalmente falaces como verdades absolutas. La mojigatería de Helen Lovejoy, mujer del reverendo de Springfield, y su famosa muletilla, nos asalta en estos momentos: ¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? Con permiso, de esta buena mujer, tranformada en caso de pandemia en este ¿Pero es que nadie va a desconfinar a los niños?.

He de reconocer que tengo serias dudas de hasta qué punto estamos acertando con el enfoque de los #NinosDesconfinadosYa a la hora de reivindicar al Gobierno qué deje a los #NinosEnLaCalleYA, aunque sea #SoloUnRatito y tampoco veo claro lo de mezclar el virus con los niños #CoronaInfancias. Por estas razones solo voy a compartir la iniciativa promovida por Heike Freire, autora que se enmarca en una posición de crianza inspiradora para la que sostenemos nosotros. Aun discrepando con la petición, este párrafo es acertadísimo: “aunque son ciudadanos de pleno derecho, nuestras niñas y niños no solo están confinados en sus casas, sino que sus necesidades y derechos han desaparecido del debate público en torno a esta crisis. Es como si no existieran”. 

Pretender estar a la altura de Francia, Bélgica, Holanda o Alemania en materia de infancia es una quimera pero en el caso de permitir a los niños que se salten la cuarentena, me da la impresión de que habla mucho más de las carencias de los adultos para afrontar la situación que la de los niños. Y que muchos se esconden detrás de las criaturas para expresar esa necesidad de aire y de Sol que tenemos todos los seres humanos. Sobre todo, cuando nos privan de ella.

Durante la cuarentena, nosotros, que tenemos la suerte de contar con espacios exteriores y una casa relativamente amplia, hemos experimentado esta sensación de claustrofobia que provoca el confinamiento y hemos caído en la tentación de trasladarla a nuestras hijas, como si fueran ellas las que más sufren, cuando la realidad es que ellas viven mucho más determinadas por el presente (Luna tiene 3 años y Noor es una bebé)  y son nuestras expectativas de lo que haremos, mezcladas con la idealización de lo que hicimos, lo que limita el día a día centrado en el qué coño hacemos aquí atrapados con estos pequeños monstruos que hemos engendrado.  

Enjaulados por decreto perdemos la noción del tiempo y nos replanteamos hasta qué punto la vida que llevábamos era la que queríamos. Los hobbies de antes, como ver pantallas luminosas, comprar estupideces por Internet o publicar nuestras intimidades y  vigilar a los demás en redes sociales, al fin, se ven desenmascarados como las dinámicas compulsivas y vacías que son, pero sin el contrapunto de tomar al aire y disfrutar del Sol un poco, se van transformando, poco a poco, en un infierno de la insatisfacción. Que probablemente estamos intentando desplazar a nuestros hijos.

Quizás, y solo quizás, llegado este punto, aquellos que viven en habitáculos diminutos en las colmenas de una gran ciudad, deberían replantearse qué modo de vida están ofreciendo a sus hijos y aquellos que no se acaban de dar cuenta que lo único que necesitan sus hijos es mucho caso de sus padres, a lo mejor es el momento de abrir los ojos ante esta realidad. Son prácticamente iguales que los adultos en este sentido, pero ellos todavía no han renunciado a que se les escuche y se les valore. Protegerlos de esta renuncia debería ser nuestra prioridad como padres y las formas de vida que hemos elegido, se muestran incompatibles con esta obligación moral.

Dejarles crecer en ambientes sanos y con espacio físico y emocional suficiente debería ser un objetivo a medio plazo de aquellos que queremos de verdad a nuestros hijos y plegarnos ante la coyuntura y hacerlos ariete de nuestra incomodidad contra las decisiones del Gobierno, no parece el mejor de los puntos de partida de esta lucha, que probablemente pasa por recuperar los espacios rurales y refundar las ciudades para que sean espacios aptos para la supervivencia de los niños.

Estos días he estado buscando con insistencia las singularidades que hacen que los niños tengan una necesidad especial de salir a la calle con respecto a los adultos y en este caso, me sigue costando verlas con claridad. Un mundo adulto lleno de ansiedad y depresión; protagonizando por parejas que a duras penas se soportan, me parece que necesita mucha más luz para poder dosificar esta sobredosis de convivencia que estamos padeciendo.

Yo, de momento, me sumo a eso de escucharlos y valorar lo que tengan que decir. Y en nuestro caso particular, con una niña de casi 4 años, no la he escuchado decir en ningún momento que quiera ir colegio y mucho menos salir a la calle. Y por supuesto, hemos hablado con ella de esos temas para ver cómo lo estaba llevando. Por el contrario, sí nos ha escuchado, a mí y a mi pareja, decir que esto no puede seguir así, que las criaturas necesitan salir a la calle. Ver mundo. Y todas esas cosas que se dicen.

Quizás sea por estar en una edad muy específica y en un contexto determinado, pero creo que esta experiencia, en general, está siendo enriquecedora para todos. Incluso para ella, que en mitad de este proceso, con nuestra presencia permanente, se atrevido a trasladarse a su habitación para dormir por las noches. A veces, para ser atrevidos y valientes, solo necesitamos la presencia amable de los otros. Y si los niños tuvieran más espacios de expresión, muchos nos dirían lo gratificamente que es tener a papá y a mamá en casa todo el tiempo.

“cuando haya menos virus fuera”

De hecho, cuando hemos intentado salir a la calle, ha sido ella la que no ha querido vulnerar la legalidad, pareciendo entender mejor el confinamiento y sus reglas que yo. Ya conté la experiencia cuando hablamos de crianza y cuarentena. Esto no quita que no estemos fantaseando con frecuencia de lo que haremos “cuando haya menos virus fuera” y que no echemos de menos a otras personas, pero sí creo que esta necesidad de dejarlos salir es una necesidad en la que podemos estar cayendo en la trampa de utilizar a los niños. Al menos, a los más pequeños.

Hablar de adolescente sería otra cuestión, pero dudo mucho que el Gobierno permita que salgan solos y sin adultos y estoy seguro que no les va a permitir relacionarse con los iguales, por lo que estaríamos en una situación muy similar a la de dentro de casa pero quizás, aumentando su grado de frustración un poco más si cabe.

Y en consonancia con estas tesis, como adulto, gestionar una salida llena de condiciones y límites me parece más problemático que permanecer en un confinamiento estricto. Vamos a enseñarles los parques pero no les vamos a dejar disfrutarlos. Vamos a ver a otras familias pero no les vamos a dejar interactuar con ellas. En definitiva, vamos a salir a dar una vuelta a la manzana, con el acecho de la policía y de otros vecinos, en un ambiente enrarecido y lleno de paranoia que ni siquiera nosotros hemos terminado de asimilar. Decisión que podemos tomar ya, sin pedirle permiso a nadie, en muchos lugares de España en los que la presencia policial no es tan intensa.

En definitiva, no estoy de acuerdo con que los niños tengan que salir por delante de otras personas a la calle y estoy algo preocupado por los adultos que se parapetan tras ellos para expresar su necesidad de airear un poco sus emociones. En algún momento volverá todo a la normalidad pero desde luego que tendremos que ser los adultos los que hagamos los esfuerzos para que esto pueda suceder y eso pasa, en primer lugar, por no traumatizar en exceso a los niños con una coyuntura, que se presume pasajera, llena de miedo y paranoia. O al menos, que podamos seguir disimulando, como hacíamos antes de esta crisis, que esto no era ya así.


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