Amor y Mierda

Cartas a mi perro


Adoptarte fue una decisión principalmente mía. Pensé que sería buena idea ensayar con un perro nuestra futura crianza, pero en realidad estaba pasando una crisis de masculinidd y creía que un perro grande y fuerte sería el complemento estético que me ayudaría a maquillar parte de mis debilidades. Tenías seis meses para ganarte un sitio del que luego ibas a caer estrepitosamente.

Eras un perro precioso. Como un puto mono, pero guapo. Una criatura adorable. Sin apenas hocico, orejas u ojos. Parecía que tu cabeza no quería aún abrirse al mundo. Un mundo que ya habías experimentado en todo su apogeo miserable. A ti y a tus cuatro o cinco hermanos os habían dejado tirados en mitad de un parque más muertos que vivos. Erais alimento de bichos, por dentro y por fuera.

“El único de la camada que no parecía un pastor alemán”. Me he hartado de decir esta gilipollez. Y todavía no sé qué mierda significa. No recuerdo como te llamaban en la protectora. Quizás Canelo o alguna otra ñoñez. El caso es que te elegí por diferente. O eso creía. Y te llamé Surco. Porque labrando el terreno de atrás de casa pensé en que era una palabra potente; llena de vínculos ancestrales. También pensé en escribir una novela de nombre “Surcos en el cielo”, en el que a un tío que le venía todo de cara conseguía cargarla y convertir su vida en un suplicio. Jamás la escribí pero tuve tiempo de vivirla en primera persona poco después.  

La paternidad es dura. Hasta el punto de que apenas recuerdo como fueron esos meses que tuvimos de tregua para conocernos. Por mi parte, recibiste amor y hostias. Yo quería ser un perro y lo fui. Te quité la comida. Te torture en los paseos para que no dieras tirones. Te di con el periódico para que no mordieras. Una vez recuerdo que me rompiste un aguacatero que tenía en una maceta en el jardín y me hice mucho daño dándote una patada en la cabeza. También recuerdo como cuando estabas solo en el patio llorabas y ladrabas suplicando que te sacara a correr por el monte. Ahí aprendí a que cuidar es sentir culpa. Siempre llegando tarde o no llegando a tus necesidades. Tiempo después, mi padre me diría algo similar con respecto a mi crianza.

Me dijeron que no podía jugar contigo como si fuéramos animales para que no tomaras conciencia de tu fuerza y dejamos de jugar. Me dijeron que te castrara para que no desarrollaras los instintos territoriales y te castré. Bueno, en realidad eso interpreté yo, porque el pretexto que exponían en la protectora era que te cortáramos lo huevos para que no existieran más perros abandonados como tú. Mi motivación me parecía más lógica. A mí nunca me habían abandonado, no sé si me entiendes.

Surco con Luna (2016)

Cuando nació Luna aprendiste a respetarla a ella y a mi pie al mismo tiempo. Fui implacable. Eras cosa mía. Y como tal te trate. No tenías madres. Solo un padre autoritario. No fue difícil conseguir que respetaras al bebé. Más difícil es que ellos te respeten a ti. Me gusta cuando mueves la mano muy despacito para marcarle los límites y posas tu pezuña en su pecho. Me emocioné mucho cuando protegiste a Luna de otro perro más grande que tú en ese viaje a Galicia en el que reconstruimos todo lo que nunca existió.

Desde el principio, también me trajiste muchos problemas; que si los vómitos, que si las diarreas, que si la delgadez… el fantasma de la las leishmaniosis era tu aura para mí. Me dabas un asco horrible. Eras un hijo digno de mí. Aun así me salvaste de no volcar la hipocondría sobre el resto de la familia. Si me encontraba bien, me preocupaba por tu hígado, tu páncreas, tu intestino, tú corazón… Y si estaba mal, por los míos. O al menos, así lo intentamos, ¿verdad?. Por un tiempo, pusimos a salvo a los demás. He íbamos mucho al veterinario juntos. De hecho, todavía vamos. Hasta te cogiste una intoxicación por hachís y otra por comer cosas raras. Todo para honrar mí legado… Simpático hijo de perra.

Cuando nos mudamos a la playa, se me olvidó olvidarme la frustración y la ira contenida. Y las creencias de lo que debe ser un hombre de verdad. Así que cada vez que salíamos a correr por el paseo atestado de gente, te arrastraba conmigo como si hubieras hecho algo malo. Más gritos, rodillazos y tirones. Y cuando venía papá, la cosa empeoraba un poco más. Me daba miedo de que pensaras que él era el jefe de la manada. Como si no lo fuera… Como si no lo supieras… Siempre preocupado de que los demás pensaran: “Mira como ese chico tan delgado domina a ese perro enorme”. Ni siquiera me siento hombre cuando proyecto mi imagen. Solo un chico.

Bueno, a estas alturas, creo que ya basta de rodeos. Quiero que sepas que he llegado a odiarte en algunos momentos. Has sido permanentemente el chivo expiatorio de mi neurosis. Has pagado cada una de mis frustraciones con gritos y golpes. Me he desportillado las rútulas en tu lomo.  Y siempre te has sometido, generando un triángulo de enfurecimiento, maltrato y culpa que no parece tener fin. En ocasiones, ya que nos estamos sincerando, he sentido la necesidad de matarte. Y siempre lo fantaseaba igual; te abrazaba con todo mi cariño y te hincaba un puñal entre las costillas hasta el corazón. Todo suave. Un momento de paz eterno. Sin culpa. Sin remordimientos…

Hay muchas cosas que todavía no te perdono. Como cuando los otros perros te agreden y te escondes tras de mí y dejas al descubierto que yo ya no tengo dónde esconderme en esta perra vida. O cuando tengo un gesto cariñoso contigo, termina y sigues insistiendo, hasta el punto de acariciarte tú solo contra manos inertes (o pies) que no te quieren cerca, ¿por qué será?. O cuando pones en riesgo tu vida cerca de la autovía y haces como si no me escuchas. Ahí te reconozco que me importa una mierda que provoques un accidente en el que tenga que intervenir el mismísimo Jhon McClane. Me importas tú. Te quiero vivo.

Para terminar y no darte mucha lectura, en la medida de que eres un jodido perro, quiero decirte que en ti quise delegar una masculinidad que aún ahora repudio y anhelo, a partes iguales, por simple y grotesca. Pero a diferencia de otras épocas, estoy preparado para reconocerte que sin tus debilidades y mansedumbres, tus pesares y travesuras, tus carencias y temores, yo no hubiera llegado hasta aquí. Y no me refiero a acordar con mi psicólogo escribirte esta carta a mi perro y hacerlo meses después, si no a conectar con la naturaleza animal que estaba en mí profundamente dormida, por no decir aplastada. Tú si sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Pues eso quedará entre nosotros para siempre, hijo.  


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1 Comment

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    Reply
    Antonio Bernal Garcia
    abril 9, 2020 at 7:58 pm

    Esta muy bien, me ha llenado hasta lo más adentro

¡Dale!, no te cortes, por favor...

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