Actualidad

Estreno y protagonistas de la Nueva Normalidad


Son tiempos convulsos. Con esta pandemia, estamos trastornando tanto la normalidad, que el Gobierno ha tenido que inventarse una Nueva Normalidad para seguir colándonos la vieja como normal. Son ficciones, llenas de márketing, que necesitan de otras ficciones para ser confirmadas o desmentidas, a fin de ganar algo de verosimilitud. Pero lo cierto es que lo normal estaba ya desprestigiado y lo anormal, lo marginal y lo minoritario cada vez tomando más relevancia. Tal es así que ideologías como el nacional populismo latinoamericano y el comunismo en su faceta más descafeinada tienen su propio espacio en un Gobierno español y en frente se va atrincherado la derecha franquista reconstruida al calor del populismo fake trumpiano. Y todo lo del medio parece que apenas existe.

En mis desvaríos sobre límites e infancias, ya mostré mi predilección por la obra postmoderna por antonomasia, Mil Mesetas, de los fiósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari, y cuya lectura no recomiendo en absoluto a nadie que no esté lo bastante cuerdo como para ir por el mundo sin mayor certeza que la de su propia existencia. La postmodernidad está marcada por la imposibilidad de un discurso general que provoca el sujeto distraído y acrítico, el pensamiento débil y la pluralidad de éticas, el vagabundeo intelectual frente a la sospecha que instalaron sobre cualquier regla que pretende ser universal, nos dejan sin la posibilidad de obtener el más humilde de los consensos.

Esta imposibilidad para conseguir consenso, nos condena a escuchar permanentemente relatos enfrentados, más o menos inspirados, sobre supuestos hechos, en los que yo ya muchas veces me veo incapaz de hallar discrepancias de fondo entre tanto aspaviento y algarabía. Estamos ante un escenario en el que es extremadamente complejo transformar la información en comunicación o conocimiento, pero es posible que este escepticismo radical que me asola, responda, en gran medida, a no saber asumir los fracasos de los intentos revolucionarios de movimientos comunitaristas occidentales vinculados a la izquierda. En este sentido, cuando se acumula derrota tras derrota en el campo de la guerra macropolítica, parece una pulsión lógica reventar el mapa donde se libra la batalla en una búsqueda desesperada de pequeñas victorias parciales y subjetivas. Pero cada vez estoy más arrepentido de haber caído en esta dulce trampa…

Es muy significativo que en pleno fulgor por imponer el relato sobre la gestión de la crisis del Covid-19 entre Gobierno y oposición, incluyendo posturas que van desde que existe un genocidio de ancianos premeditado hasta que se están adoptando medidas que son tomadas como referencia en el resto de países, las encuestas de opinión sobre intención de voto y valoración de líderes, oscilen apenas una décimas porcentuales. Es muy probable, que a estas alturas, todo el mundo esté asistiendo al espectáculo pero que ni Dios se esté creyendo una mierda de nada. Ya solo hay ficción en nuestra vida política y como es normal, y al igual que pasa en el resto de obras que consumimos, la normalidad no nos atrae en absoluto. Queremos historias que nos muevan emociones y nos transporten a mundos que no somos capaces de vivenciar por nosotros mismos.

Qué gran título para una novela de ciencia ficción distópica pero que puta mierda de mensaje para que nos creamos que saben qué cojones están haciendo con nuestras vidas.  

Es muy preocupante que la reacción de los poderes políticos ante este escepticismo radical, en el que todo el mundo quiere salir como figurante en Juego de Tronos, pero en el que nadie cree que existan los caminantes blancos ni los dragones, sea la de apostar por hacer añicos las libertades individuales y colectivas. Primero, al decretar el estado de alarma, con las consecuencias ya conocidas, y después, abriendo debates perniciosos sobre penalizar la información en contra de su gestión. Pero nada, que no hay manera. Ni con estas el sistema se hace de respetar. La gente sigue muy de cerca en la ficción pero a la hora de la verdad, hace lo que le sale de los genitales. Cómo te vas a creer que todos esos números de colores que salen de la tele son personas. Cómo te vas a tragar el sufrimiento si este país está lleno de héroes. Nos regalan el miedo, bien empaquetado y en cómodos plazos, pero también la solución, que pasa por una Nueva Normalidad. Qué gran título para una novela de ciencia ficción distópica pero que puta mierda de mensaje para que nos creamos que saben qué cojones están haciendo con nuestras vidas.  

En los medios de comunicación y ya es hora de reconocer, que las redes sociales también lo son, no hay trazas de coronavirus por ningún sitio y mucho menos aún de realidad, entendida como cierto grado de consenso sobre unos hechos objetivables sin faltar a la buena fe, que diría la muletilla leguleya. Son todos relatos a sueldo, a lo sumo, novelas cutres de esas en las que te crees protagonista y puedes trazar tu propio itinerario en base a guiones predeterminados.

Evidentemente, no estoy aquí para ofrecer ninguna propuesta constructiva y ninguna alternativa sólida a este sistema, más allá de apostar por una crianza abierta y consciente, pero sí quiero advertir que le reacción ante la falta de credibilidad del discurso, se está traduciendo en una acción en contra de lo más elemental de nuestro sistema democrático; un cierto consenso sobre que el ser humano tiene derechos y libertades por el mero hecho de serlo.

En este sentido, es espeluznante  la vigencia de los simulacros de Baudrillard (1978), entendidos como la creación de lo real a través de modelos conceptuales o mitológicos que no tienen conexión u origen en la realidad y da pavor en pensar hasta donde  su puede llevar el sistema capitalista este  círculo vicioso del que no es capaz de salir: 

Mientras la amenaza histórica le vino de lo real, el poder jugó la baza de la disuasión y la simulación desintegrando todas las contradicciones a fuerza de producción de signos equivalentes. Ahora que la amenaza le viene de la simulación (la amenaza de volatilizarse en el juego de los signos), el poder apuesta por lo real, juega la baza de la crisis, se esmera en recrear posturas artificiales, sociales, económicas o políticas. Para él es una cuestión de vida o muerte, pero ya es demasiado tarde” .

Jean Baudrillard

En este ya es demasiado tarde es donde deberíamos centrarnos ahora. Los muertos ya no están, y todavía quedan por caer, pero los vivos no podemos seguir cobijando a este dragón insaciable y tirano en su ineludible caída. Quizás deberíamos matarlo para evitar que las pústulas de sus heridas mortales nos infecten y acabemos siendo todos caminantes blancos al servicio de la oscuridad. Es el momento dónde debemos elegir si queremos ser protagonistas de la Nueva Normalidad o los que limpian la alfombra roja el día de su estreno.


También te puede interesar...

¿Cómo lo ves?

    ¡Dale!, no te cortes, por favor...

    Abrir chat
    Clases de yoga online