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#Irresponsables: desconfinando la democracia


Estoy aterrado por la reacción del pueblo supuestamente cívico y responsable en la gestión de la salida de los #niñosenlacalle, acusando a sus compatriotas de #Irresponsables por no cumplir los protocolos pautados por el Gobierno en la desescalada del confinamiento. Por supuesto, también estoy consternado porque no seamos capaces de pensarnos como comunidad ni siquiera cuando la vida de las personas está en juego. Son compatibles ambos motivos de preocupación y voy a intentar explicar por qué.

Lo que sale a pasear hoy, por primera vez en mucho tiempo, no son los niños, es la democracia en pañales. Llenos de caca, por cierto. Vivimos en un país en el que los conceptos más elementales para construir una sociedad son pervertidos y prostituidos permanentemente. Fijaos si esto es así, que un partido de derecha conservadora y liberal, con una ideología que favorece únicamente  1 por ciento de la población, fue elegido para gestionar la crisis económica, pero sobre todo moral, de 2008. Además, este partido tiene el apellido de Popular. Hasta qué punto nuestra noción de pueblo estará devastada…

Por una vez, y con motivaciones que responden más a los devaneos demenciales de Pedro Sánchez y su zigzagueante tacticismo, estamos ante la posibilidad de ejercer nuestro derecho a participar en algo medianamente relevante como ciudadanos en nuestro porvenir como viene registrado en el artículo 9 de la Constitución:   

Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.

Constitución española

Soy consciente de que la Constitución es un texto viejo y lleno de rémoras de la dictadura, que está muy lejos de contemplar la democracia participativa como forma de Gobierno, pero en consonancia con el Artículo 9, los poderes públicos nos están concediendo un espacio importante permitiendo sacar a los niños a la calle. En pleno siglo XXI, por mucho que les inquiete a timoratos y nostálgicos del autoritarismo, la pregunta es; ¿acaso es posible la  democracia sin darle responsabilidad a los ciudadanos?

  • Si la respuesta es sí, podemos seguir habitando este paternalismo tóxico, lleno de dependencia mórbida hacia el poder, que nos mira con desprecio y condescendencia; y seguir así perpetuando en la sociedad un fiel reflejo de nuestra cultura familiar arcaica e impregnada aún de trabas a la autonomía y el respeto mutuo.
  • Si la respuesta es no, hoy ha sido un inmenso éxito social y democrático, en el que el poder público ha delegado responsabilidad en los ciudadanos, a sabiendas de su imposibilidad material de hacer cumplir los condicionantes que permitían que no se produjera un repunte en la pandemia. Nos ha hecho, literalmente, responsables de nuestras propias vidas. Y si solo con la guadaña de la muerte acechando a nuestra inteligencia emocional, descubrimos que somos comunidad y que nuestras decisiones deben ser pensadas en colectivo, abrazaré la muerte como un legionario abraza su estulticia.

Con la actitud de este ser democrático en pañales, que es incapaz de respetar su propia vida, constatamos un hecho tan obvio que el propio sistema tiene que gastar miles de millones en propaganda para  hacerte creer que ser libre es comprar, votar y ocupar el tiempo en cualquier cosa que no te deje darte cuenta que sin comunidad solo hay soledad. Aislamiento y desolación. Da igual que tengas a Netflix delante o un discurso de Santiago Abascal. La ficción no te va a sacar la crudeza de ver en el otro el terror de tu propia soledad.

Desobedecer deliberadamente es uno de los primeros indicios de que se está integrando una norma. De que se necesita saber que uno puede estar fuera de un sistema de límites autogestionado, para querer entrar en él de manera libre y autónoma, si así lo elige la comunidad; la familia, al fin y al cabo. Los que criamos de manera abierta y consciente a nuestros hijos así lo estamos experimentando en nuestro día a día. Y así lo pude reflejar en esta aertículo sobre límites e infancia.

Por eso, señalar y machacar a otros por cometer errores y malinterpretar los intereses comunes, no nos ayuda a crecer como sociedad ni como personas. Es insistir en reprimir a ese niño que todos llevamos dentro; al que no se le ofreció integrarse en la estructura familiar desde su propio sentir, ese mismo que no fue escuchado y que tuvo que ir desplazando sus necesidades a consumir objetos y comidas tóxicas para su salud. Ese que fue manipulado y chantajeado por sus padres para amoldarse a un sistema represivo acrítico y disfuncional, que apenas permite al individuo sentirse en condiciones de garantizar su propia supervivencia. Ese mismo niño; que ahora es un metro y medio más alto, pero igual de inútil para construir comunidad.

Es momento de tender la mano y escuchar a las personas, que probablemente no estarán bramando algaradas en Twitter, como nosotros, pero siguen siendo tan imprescindibles o más que nosotros para construir una comunidad; un pueblo, al que podamos de una vez por todas llamar España sin ningún pudor. El rechazo y la represión ya la han experimentado toda su vida, probemos recetas sociales un poco más acordes a la pedagogía y a la neurociencia.

Es también una gran oportunidad para aquellos padres que sí estamos cumpliendo con las condiciones sugeridas del Gobierno, en la medida de la imposibilidad de imponerlas por la fuerza, para revisar, una vez más, como estamos educando a nuestros hijos y el margen que estamos dejando para que se integren en las decisiones del devenir de nuestra familia. Acompañar así a sujetos responsables y capaces de autogestionar sus propios procesos de supervivencia y crecimiento.

Como nuestros pequeños, esta sociedad, aún en pañales democráticos, necesita tiempo para crecer y madurar. Los que creemos en lo colectivo y en lo comunitario mucho más allá de estos contextos de crisis; más que como un mecanismo de supervivencia animal, como una opción filosófica y existencial,  tenemos la obligación moral de ayudar a crear un ambiente propicio para ir integrando a las personas a esta forma de ver el mundo, y por tanto, ir caminando hacia una democracia adulta y plena.

Por eso, insisto en que, independientemente de las motivaciones que han llevado al Gobierno a tomar esta decisión, se trata de una oportunidad sin precedentes cercanos, que debemos aprovechar para mirar al otro con la autocompasión que nos ha permitido construir esta horrible atalaya moral en nosotros mismos y al mismo tiempo, dejar que el otro escale esta fantasiosa construcción a su tiempo, para que juntos, nos desmoronemos, ya convertidos en una comunidad; en humanos, al fin y al cabo.

Probablemente, lo que estamos descofinando hoy no es a nuestros hijos, sino a la propia democracia.


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