Amor y Mierda

Nuestro árbol rojo


Ayer llegó un Monstruo rosa a casa. Otro más. Porque ya tenemos a Luna, que a veces es un poco monstruo y un poco rosa también. Una auténtica fashion victim de lo rosa. Además, como el monstruo del cuento, apunta también a lo de ser un poco diferente a los demás en algunas cosas, pero eso no quita para ir dándonos cuenta de que varias inercias culturales que consideramos perniciosas son prácticamente invencibles. Lo rosa es de niñas. Y antes que ponerse un pantalón de otro color, hubo un tiempo que prefería llevar las piernas al aire. Incluso ya se estaba montando un cacao impresionante entre que significa ser guapa y la ropa que llevas puesta.  Son cosas que vamos superando poco a poco, pero que te hacen asomarte al abismo de esos estereotipos femeninos de cartón piedra que se hacen añicos en las consultas de los psiquiatras de este país de mierda.  

Monstruo Rosa primero y Encendiendo la noche después. Así nos gastamos las madrugadas Luna y yo. Este segundo título nos habla de las bondades de la noche. Contemplar la Luna y las estrellas, escuchar a los grillos y a las ranas con sus ruiditos… Y poco más, porque a una niña de tres años tampoco le vas a hablar de lo que mola la noche cuando un tío con dilataciones en la oreja y el pelo grasiento te empotra en los baños de un antro hasta arriba de speed. Porque son cosas que pasan pero no salen en los cuentos.

El caso es que me paso el día haciendo personajes un poco maricones en los cuentos de animalitos (o alimanitos, como dice Luna) que hago con las manos y visibilizando el amor entre mujeres porque me lo ha dicho Irene Montero, que es madre por partida triple y de esto sabe un montón. Eso sí, con el tema de las relaciones afectivo-sexuales interespecies soy muy escrupuloso. No tienen espacio en nuestras historias. Todo progre tiene un límite. Y yo también. Pero en el fondo, muy en el fondo, donde la verdad se esconde en una cueva y se asoma desde un pantano nauseabundo para soltar risitas con muchas ies, te sientes orgulloso cuando tu hija te dice que le gustan los chicos. Pero ¿por qué, puto facha?. No tengo ni idea. Probablemente nuestros valores no siempre están hechos a prueba de hijos.

Entre estos dos cuentos sobre lo diverso y lo oscuro, nos apareció un tercer relato; El árbol Rojo. Ahora Google estará llorando por el que el título del post no aparece hasta el cuarto párrafo de este texto. Supéralo, perra. Yo soy así. Cuando escribo de cosas serias me da igual que me lean solo mi madre y mi mujer. ¿Te imaginas que Luna leyera estas mierdas? Sería genial. Hoy le he preguntado, mientras ella ajusticiaba a los alimanitos por su insolente desobediencia:

-¿Para qué sirven los castigos, hija?

– …Para que los niños no estén tristes.

¿Por dónde empezar a rebatir semejante estupidez? Por ningún sitio. No tengo ni idea de dónde viene ese detritus de respuesta. Nosotros no la hemos castigado en la vida. Y en el colegio, me parece que los sientan en una silla si se ponen vacilones. La única forma de que se te ponga chulo un niño de tres años en un contexto penitenciario como la escuela es que tengas muchos planes de adulto para ocupar la mañana y que no sepas renunciar a ellos. ¡oh! ¡waith!. Eso es justo lo que pasa en el colegio. A veces fantaseo con que lidera un motín en su clase o me llama su profesora para hablarme de la mala conducta de mi hija. Aunque, si hago un poco de memoria, cuando llamaban a mi madre por estos temas no tenía ni puta gracia la que se armaba luego en casa.

El caso es que ella ya piensa que ponerse triste es algo malo. Algo que los mayores hacen con frecuencia y que ya empieza a detectar en nuestras caras y en su propio ser pero que está aprendiendo a disimular casi tan mal como nosotros. No es de extrañar que cuando topamos, casi de casualidad, después de escuchar en Youtube los otros dos libros, con El Árbol Rojo de Shaun Tan, se disipara su atención y comenzara a hacer maniobras evasivas con el cuerpo y la mente, hasta el punto de empezar a cantar una canción apenas ininteligible. Este canturreo me recordó a la escena que aparece en el libro de los filósofos Deleuze y Guattari, Mil Mesetas:

“Un niño en la obscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Camina, camina y se para de acuerdo con su canción. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos. Es muy posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto: salta del caos a un principio de orden en el caos, pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse. Siempre hay una sonoridad en el hilo de Ariadna. O bien el canto de Orfeo”. 

Deleuze y Guattari.

Para el que no se haya enterado todavía es el momento de confesar que yo he venido a hablar de límites. Un tema recurrente en esto de las crianzas conscientes y que suele ser el estandarte de los críticos con nuestros valores. También algunos troyanos dentro del propio movimiento se obsesionan con estas cuestiones y acaban justificando su incapacidad para respetar a sus hijos en la necesidad de que integren una serie de límites que nadie sabe muy bien para qué o quién sirven.

Para mí, el único límite aceptable es evitar que las criaturas se desintegren. El rol de las personas que estamos criando debe limitarse a acompañar a nuestros hijos en esos saltitos del caos a un principio de orden en el caos, y desde esa ilusión de orden de vuelta al caos. El canturreo de Luna cuando vio el panorama desolador que describía el cuento de Shaun Tan es realmente un súper hit social y global, sobre todo, en el lado occidental, que nos lleva todo el día a estar encendiendo luces para evitar sumergirnos en la oscuridad. El problema de no encender nunca la noche es que jamás daremos con nuestro árbol rojo. Los interruptores averiados se traducen en ansiolíticos y antidepresivos recetados al por mayor:

-¿Cómo se encuentra?

-Bien. Estable. He dejado las pastillas de forma progresiva.

-No puede. Tiene que medicarse.

-Me apagan las emociones y prefiero estar expuesto a esas bajadas y subidas. Quiero vivir como una persona normal.

-…

-Lo prefiero, doctor.

-Ya, pero tiene que medicarse. Puede tener una recaída.

-Bueno… cuando la tenga, volveré a medicarme; ¿no?

-Vamos a probar con Lexatin. Uno y medio por las mañanas. Y ya vamos viendo si hay que subir la dosis.

La única salida del laberinto posible es que el ovillo de culpa que sentimos cuando estamos tristes, hasta el punto de castigarnos o dejar que nos castiguen para evitarlo, se vaya deshilando en las manos del minotauro. Debemos mostrar nuestra tristeza a nuestros hijos sin miedo a que nos juzguen y reventar todos esos estereotipos y modelos que nos empujan a pensar que la crianza debe estar llena de felicidad y alegría. La salida del laberinto no pasa por transitar de la culpa a la tristeza con las prisas que impone el minotauro de la deshumanización, sino por crecer muy juntos, como árboles dispuestos de forma ahilada. Altos, derechos y limpios de ramas. Para que cuando caigamos, lo hagamos fuera de los matorrales que configuran este laberinto y sin hacernos excesivo daño.

Un rayo. Dionisyos aparece con esmeraldina belleza:

Sé juiciosa, Ariadna…

Tienes orejas pequeñas, tienes mis orejas:

¡mete en ellas una palabra juiciosa!

¿No hay que odiarse primero, si se ha de amarse?…

Yo soy tu laberinto…

Fragmento Lamento de Ariadna (Fiedrich Nietzsche)

Los límites, por lo que voy percibiendo en este crecimiento ahilado junto a Luna, no tienen mucho que ver con valores y creencias que podamos tener los padres. Los límites que se intentan inculcar a un niño desde esta perspectiva son una auténtica tortura, puesto que al reducirlos a la mínima expresión, nos damos cuenta, en el mejor de los casos, que están llenos de contradicciones y ambigüedades que los hacen prácticamente inasequibles a las orejas pequeñas de un niño. Y en el peor de los casos, descubrimos que nuestra escala de valores se compone de un montón de idioteces y perogrulladas que no sirven para nada.

Estos límites que tanto preocupan a los adultos limitados, no son propios de los adultos limítrofes, entre los que me hayo, y no en un sentido patológico o delimitador (o no solo), sino a aquellos que son capaces de transitar en la periferia o la marginalidad, sin quedar a atrapados en ellas. Sabiendo moverse con soltura entre el precario equilibrio entre el Mundo y su mundo, como en el testimonio del sueño de la paciente Fanny que viene registrado en la obra ya mencionada de Mil Mesetas:

“Hay un desierto. Pero tampoco tendría sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto, ese desierto no es trágico ni está deshabitado, sólo es desierto por su color ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa, enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta periferia es el único lugar posible para mí, moriría si me dejara arrastrar al centro de la melé, pero seguramente me sucedería lo mismo si la abandonara. Mi posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy difícil de mantener, porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no responden a ningún ritmo. Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que componen la multitud mantengan la misma posición con relación a los demás. Así pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión, pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violento, casi vertiginoso”.

En esa violenta felicidad deberían residir los niños sanos. Llena de creatividad. De arte. De música. De canturreos que les den un respiro; una pausa; un momento de orden en el caos, pero capaces de regresar al caos y disfrutarlo. Las normas solo se integran cuando se empiezan a transgredir voluntariamente. Me gustaría que mis hijas fueran personas con una mano tendida hacia la gente, o un pie dentro dentro de la multitud para poder huir cuando lo necesiten. Y que además, puedan gozar de un vertiginoso mundo interior que puedan exteriorizar siempre que lo estimen oportuno.

Quizás, mi árbol sea rojo, como los que liberaron Berlín o como los sueños de Tarantino, y quizás el de Luna sea rosa, como la vida de Edith Piaff o la impresentable levedad de Amelie. En cualquier caso, mientras que estemos a salvo en este laberinto lleno de hilos tramposos y aún no estemos preparados para derrumbarnos para caer hacia afuera, podemos ir transitando la tristeza, con el único reparo de no desintegrarnos en el camino.  

Nuestro árbol rojo

“A veces el día empieza vacío de esperanzas. Y las cosas van de mal en peor. La oscuridad te supera. Nadie entiende nada. El mundo es una máquina sorda. Sin sentido ni lógica. A veces esperas y esperas y esperas y esperas y esperas… pero nada ocurre. Y entonces todos tus problemas llegan de golpe. Ves pasar de largo cosas maravillosas. Los más espantosos destinos resultan inevitables. A veces no tienes ni idea de qué debes hacer. Ni de quién se supone que eres. Ni de dónde estás. Y parece que el día va a terminar igual que empezó. Pero de pronto ahí está, delante de ti, rebosante de color y vida, esperándote, tal como lo imaginaste.”

El árbol rojo de Shaun Tan

 


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