Amor y Mierda

De rodillas


La palabra paciencia viene del latín patiens, que significa sufriente. Nunca me ha interesado mucho la procedencia de las palabras, pero me topé con el origen de la palabra paciencia cuando estaba elaborando un texto académico para un libro sobre Aprendizaje Rizomático que no pude terminar. Aunque el capítulo finalmente fue abortado, el embarazo psicológico de aquella tarea fue un auténtico sufrimiento. Podía haber estudiado en serio en los siete años de universidad pero me dediqué a otras cuestiones. Pero bueno, a fin de cuentas este pequeño fracaso sirvió para darme cuenta de que mi futuro no estaba ligado al ámbito universitario y que jamás haría un doctorado.

Con lo de ser padre me pasó un poco lo mismo. Desde que Isa se quedó embarazada de Luna, hasta que nació, estuve buscando preocupaciones por todos sitios menos en el vientre de mi pareja. Y me mantuve al margen incluso cuando ella me hablaba de lo que sentía en su proceso. De alguna manera sabía que Isa ya estaba siendo madre y me excusaba en la imposibilidad física de sentir la compañía de Luna en mis propias carnes.

Ahora, cuando algún amigo que va a ser padre me pide que comparta mi experiencia con él, siempre le digo que sea padre desde que ve el positivo del test de embarazo. O incluso desde que toman la decisión de ser padres (si es que estaba previsto). Les digo esto no solo por una cuestión de apaciguar el impacto emocional del nacimiento; ni tan siquiera por aprender algunas cosas de cómo funciona un bebé; sino para evitar entrar en una profunda crisis de pareja. Todo esto suponiendo que sienten amor hacia su pareja, porque también los hay que lo primero que preguntan es si se sigue follando igual.

Ser madre es un acto biológico que tiene pleno sentido en sí mismo, cargado de significados y referencias directas desde la infancia, que aunque luego se vean desmantelados o desmentidas, se van enmarcando en un universo emocional que se ve acompañado de las fluctuaciones hormonales necesarias para que, si todo marcha bien, se genere un vínculo entre la madre y el hijo, que garantice, al menos, que comen y duermen juntos. Ser padre es otra historia.

Ser padre es una movida bien chunga que no te ves venir ni de lejos y que se vive como si fueras a dar un paso adelante para subir a una escalera mecánica de la que no ves el final con un miedo acojonante porque va a toda máquina. Además, mientras que no te animas, tu pareja sigue subiendo. Ya casi ni la ves. Apenas la oyes. Ves pasar también a tu suegra, a tu madre, a tu abuela, a su abuela, a las amigas de ella, y alguna señora más que pasaba por ahí. Y tú ahí abajo, diciendo esta es la mía… No, espera el siguiente escalón. No… Cuidado. Ahora sí. No… Espera. Ya va. Ya va. Ahora sí que sí. Y al final accedes a la escalera y te pegas una hostia descomunal. La misma que se pegó tu pareja y no le ayudaste a levantarse. La que te salpicó la sangre e hiciste como si nada. ¿No te acuerdas? Pues ella sí.

Ser padre es una movida bien chunga que no te ves venir ni de lejos y que se vive como si fueras a dar un paso adelante para subir a una escalera mecánica de la que no ves el final

Luego, cuando ya te has dejado media cabellera en las ranurillas esas de la escalera mecánica de tanto darte de bruces, empiezas poco a poco a ser padre, aunque todavía no lo sabes, porque hay gente, sobre todo, con vagina, que te quita al bebé de los brazos sin preguntar cuando llora o que te traduce el llanto en necesidades, a su juicio, de interpretación obvia. ¿Es que no lo ves? Está siempre clarísimo lo que pasa a un bebé hasta que empieza a llorar durante tres meses seguidos y ahí se van esfumando los consejeros y sus consejos dejando un alargado eco de gilipolleces que se queda rebotando en las paredes de tu casa. Entonces todo el mundo te dice desde lejos que quiere llevar al médico a la criatura para aliviarte el sufrimiento. Porque el bebé pasa a ser una especie de enfermedad y todos dicen que eso que le pasa no es normal…

Todo esto en el mejor de los casos; porque también está la vertiente de curanderos y masajistas milagrosos que dicen curar el cólico del lactante en un par de sesiones. O los que afirman que en las tribus de no sé qué recóndito lugar no sufren de estas cosas. Es tu puta culpa, por ser un occidental de mierda; ¿o es que no o ves, blanco asqueroso?. Por supuesto, no escatimas y haces una alianza de civilizaciones y pruebas todas las opciones hasta asumir que la única receta posible es la paciencia, es decir, el sufrimiento. Y se van los gritos y se queda tu bebé. Y lo que queda de ti con él. Y os miráis mutuamente y empieza la conexión. 

Con la llegada del vínculo con tu bebé no desaparece el sufrimiento, sino que se manifiesta en una versión más pegajosa y difusa que se entremezcla con un intenso amor que trastoca todo sistema nervioso y todo tu universo emocional. Empiezas a tener pánico a que le pase algo. Se despliega el catálogo de destinos finales (y funestos) que te grabaron tu abuela y tu madre en VHS en los 90s. Sueñas con que se descoyunta, que se despieza, que se desvanece, que se despelleja, que se deshollina… yo que sé…. Un montón de cosas raras con este tipo de verbos. Cada vez que tiene algún síntoma de algo intentas echarte la culpa y buscando Internet, te preparas para cuidar de un hijo tullido para toda la vida o te planteas como afrontaras su muerte.

La falta de descanso de los primeros meses te deja aturdido. Luego, el cansancio se convierte en un modo de vida. El bebé se va poniendo gordo y vacilón. Quiere estar siempre en brazos y contigo, además, siempre de pie. Nada de sentarte, te dice, con pucheros amenazantes. A trabajar la espalda. Y como su madre salga de plano, monta la escena. Y te quedas tú dirigiendo el cotarro y sin un buen par de tetas para que el bebé no se dé cuenta que sigues sin tener ni papá de qué va la película. Durante el periodo de lactante que muchas madres tienen a bien alargar indefinidamente (y me parece perfecto), el rol paterno tiene bastantes limitaciones y como bien dicen, lo más inteligente sería sostener a tu pareja. Suena bien pero luego está todo ese orgullo de mierda que no te consiente ser un mero figurante en la relación con tu hijo.  Y puedes acabar haciendo footing… o cruissing…, o algo peor si cabe, un puto juez que se coloca por encima del bien y del mal; fiscalizando cada acción de su madre.

Esto del sufrimiento es interesante porque, como ya comenté en otro post, provengo de una milenaria estirpe que tiene en su escudo el lema “no molestar”, que se traduce en no hacer sufrir a los demás innecesariamente. Esta innecesaridad suele ser comandada por las matriarcas con férrea disciplina y se dirige en dos direcciones; escatimar y tergiversar toda información que pueda herir a los menores y conspirar, a su vez, para que estos menores sean cómplices de este circuito censura y la proyecten hacia otros mayores. Innecesariamente se prescinde así de lo único necesario para criar; transparencia en la gestión y validación en la expresión de las emociones.

Vivir duele y cuando conectamos con esta verdad, tendemos a convertirlo en sufrimiento para digerirla. Llenar de secretos y lugares oscuros la mente de un niño es la mejor forma de convertirlo en un mártir de la paranoia y de la desconfianza, porque entiende que madurar es no incomodar a los demás. Crecer es alejarse de la espontaneidad y de la expresión de emociones consideradas negativas. Luego, nos convertimos en adultos de mierda. Que sufren una pandemia global y cada país destina sus propios recursos a generar una vacuna y compiten ferozmente por acabar los primeros. La desconfianza y el miedo como proyecto ideológico y las banderitas de colores para tapar todo el sufrimiento reprimido que esto genera. Es el mundo que estamos dejando a nuestros hijos y el que no estamos consiguiendo cambiar aún.

No necesito que nadie me proteja del sufrimiento de mis hijos. Ni yo voy a protegerlos a ellos del suyo. Vamos a acompañarnos mutuamente hasta que cese, para que cuando vuelva a aparecer, hayamos conseguido reforzar nuestro vínculo y así, sucesivamente, hasta que le entreguen una urna llena de polvo a mis hijas y me esparzan dónde ellas consideren oportuno. Por estas razones cuando mi hija me está intentando trasladar su agonía porque estamos desatendiendo alguna necesidad (casi todas, en el fondo, emocionales desplazadas en objetos), odio que otros adultos intervengan para distraer su atención y salvarme así de sus anhelos.

Soy su padre y si para algo existe la empatía entre seres humanos es para que podamos cooperar unos con otros. Más aun tratándose de la propia descendencia. La cuál, a fin de cuentas, se comporta hasta los treinta y pico, siendo optimistas, igual que tú. No debería ser tan difícil. La idea filosófica que hay detrás de criar a los hijos con este amor liberador de cadenas es que tengan la oportunidad para que algún día sean más fuertes que nosotros y no competir con ellos para ver quién es más débil.

La idea filosófica que hay detrás de criar a los hijos con este amor liberador de cadenas es que tengan la oportunidad para que algún día sean más fuertes que nosotros y no competir con ellos para ver quién es más débil.

Algunos convierten la empatía en maltrato por su propia incapacidad de tolerar el sufrimiento y desprecian las necesidades de los niños. Hacen frente común entre adultos para realizar todo tipo de mofas de escape a media voz o directamente atajan con gritos sus suplicas de atención. Esta fragilidad emocional en adultos, para mí, es intolerable. En esos momentos gritaría, si no fuera porque no quiero molestar, ¡Callaos la puta boca, que está hablando un niño! Luego, suelen ser las mismas personas que exigen respeto para que se escuchen sus miserias y se victimizan cuando no reciben atención. Incluso exigen a sus hijos que carguen con la pesada carga de su desidia y falta de aseo emocional.

Me gustaría pensar que Luna está recibiendo acogimiento y una amorosa respuesta en la expresión de su necesidades. Esto no quita que en muchas ocasiones se encuentre con una negativa rotunda que suena a épico ¡zasca! en oídos poco versados en una crianza abierta y consciente, otras veces ese no estará lleno de matices temporales o físicos, y quizás, en las menos, accederé, cuando me sea posible y lo estime conveniente, a sus inabarcables apetencias; pero siempre, y esto es innegociable, me tendrá a su lado,  con mi mirada puesta en la suya, escuchando atentamente lo que tenga que decir. Y en todo caso, pase lo que pase, me tendrá combatiendo contra aquellos que quieran ahorrarme su sufrimiento o evadirla del suyo.

Esto no quita que en muchas ocasiones se encuentre con una negativa rotunda que suena a épico ¡zasca!

En este sentido, soy consecuente con lo que significa ser padre, que en el origen de la palabra (pater), ya viene asociada al término de protección. No la cuido de quién se le acerque con perversas intenciones en la medida de que lo más normal es pasarse toda la vida esperando ese momento de pegarle un puñetazo a alguien que atente con la integridad de las mujeres de tu familia y que eso jamás suceda, y en el improbable caso de que se den estas circunstancias, te quedes ahí pasmado, con toda tu bravuconería convertida en caca, por la falta experiencia en vivir situaciones de violencia.

Bienvenidos a occidente, amigos. Un entorno bastante seguro para existir. Incluso para las mujeres es un puto paraíso si lo comparas con el resto del mundo. Por tanto, mi idea de proteger a mis hijas es frenar a todo aquel adulto que intente coartar la libertad de mostrarse ante los demás como estime conveniente. Darle la opción de que sea en todo momento radicalmente ella y que sepa distinguir la negociación y el consenso del negocio y la manipulación. Que pasee por el mundo sus sufrimientos y sus alegrías como el que sale con su perro en mitad de una cuarentena emocional impuesta a los niños a la que nadie tiene el derecho ni el deber de arrástrala. No, mientras esté yo presente.

Desde que soy padre, cuando me despierto por las mañanas, me incorporo en la cama y me pongo de rodillas, para luego estirar la espalda sabiendo que el dolor de la carga física de mis hijas me va estar recordando todo el día cuál es mi responsabilidad por haberlas traído al mundo y para culminar la jornada, después de disfrutar de las rutinas previas al sueño con Luna, son también muchas noches las que caigo de rodillas en mi cama situada a ras de suelo, para después derrumbarme y dejarme llevar por el abismo de la dulce oscuridad. Me pondré de rodillas una y mil veces ante mis hijas y ante todo aquel que ponga su vida al servicio de criar personas que sepan arrodillarse ante el débil y levantarse ante los poderosos.


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