Amor y Mierda

Una madre


Una madre es una novela de Alejandro Palomas que a mi madre le gustó y que no pienso leer. En una de las innumerables ocasiones en la que hemos estado debatiendo y discutiendo sobre los más diversos temas de la existencia humana, ella me dijo que no encontraba este libro y le gustaría recuperarlo. Yo le dije que se lo podía pedir por Internet y ella me respondió que no era necesario. Que ya lo compraría cuándo terminará la cuarentena.

Pocos días después de la conversación, intenté comprar el libro pero cuando parecía que la transacción estaba hecha, hubo un problema con el banco para hacer efectivo el ingreso (que no tenía dinero, vamos) y no pudo ser. Durante estos días he estado intentando comprarlo pero por unas cosas u otra no he sido capaz. Mi madre pasará otro Día de la Madres sin regalo por mi parte. Y solo tiene un hijo.

No recuerdo cuando fue el último regalo que le hice. Es muy posible que haya que remontarse a esas mierdas de barro de la guardería. O ese periodo en el que le compraba cosas a mis novias con su dinero y para amortiguar el timo me agenciaba algo para ella también. En muchos casos, ese dinero acababa malversado en drogas y otras cosas más útiles para un adolescente que regalos para chicas. Ahora ya no escamoteo ni un solo euro, pero le sigo pidiendo dinero para llegar a fin de mes.

Mi madre siempre ha dicho querer tener una relación normal conmigo, de esas en que las conversaciones de teléfono se asemejan en tiempo y contenido a las que se dan consulta de un médico. Yo la escucho a ella tenerlas con mi abuela y al parecer es posible tener una relación así con una madre y quererse de verdad. Pero cuando ella intenta encauzar la conversación en esta dirección, yo me pongo arisco. empiezo a responder desganado y con monosílabos.

  • ¿Cómo están las niñas?
  • Bien, cómo van a estar.
  • Como dijiste que Noor tenía fiebre…
  • Sí, pero ya no…

Sin embargo, cuando me pongo denso y ansioso y propongo temas polémicos, ella me sigue el rollo de forma estoica, sin torcer el teléfono; escuchando atentamente todo tipo de excentricidades y estridencias. Aguantando el tipo y tomándome en serio, como jamás nadie lo hará. A veces, hasta se enfada y se pone exigente como la madre que fue y quiere que deje ser el niño rebelde que soy y que nunca fui.

A veces tiramos el tablero de juego, pero siempre volvemos a empezar la partida. Aunque ella me trate como un rey, yo siempre fui caballo; tengo un movimiento menos predecible, me salto casillas y en general, estoy bastante sobrevalorado; pero ella sí sabe quién soy, aunque a veces me niegue y sí que es la reina, aunque yo no la trate así; con gran amplitud de movimientos, manejando el tablero sin apenas moverse y como suele pasar, haciendo estragos antes de sacrificarse por otra Reina.

No juego nunca al ajedrez. Y no me hace falta porque me he pasado media vida desarrollando estrategias para encontrar argumentos rocambolescos para ser aceptado en el escueto y exclusivo listado de excepciones a la escala de valores de mi madre. De hecho, yo creo que todo yo me he ido convirtiendo, poco a poco, en el propio listado. Como en la canción de Danzig, Mother, yo siento que en algunos momentos de mi vida he arrastrado a mi madre a un infierno que jamás pensó visitar. Lo que pasa es que yo no tengo hermanos para pedirle que los proteja de mí. Y a ella solo la protegió mi padre. El suyo ya no estaba.

Ahora no vivimos en el paraíso pero, después de más de mil acrobacias morales, con sus consecuentes caídas, he retomado mí vida en el punto exacto donde se truncó el guión que mis padres habían escrito para mí sin querer saberlo, solo con su ejemplo. He formado una familia estructurada, estable, llena de valores y principios y muy cerca de cumplir el gran sueño español: ser funcionarios; como ellos. Y me gusta. Me gusta mucho. Y todo lo bueno que me enseñaron lo llevo grabado a hierro en mi piel. Y todo lo malo también, pero me lo voy arrancando, con mucho dolor, día a día, sabiendo que ya no me pertenece más.

En este despelleje permanente que significa ser madre; en esta exigencia perpetua, en esta demanda incesante, en esta revisión constante de su labor, ha vivido mi madre en estos últimos años y probablemente toda mi vida. Y no hay regalo que compense ese peso. Así que, mi madre será solo una madre, como la de Alejandro Palomas; una más de entre muchas madres, colmada de miedo y amor; pero es, sin lugar a dudas, la madre que he necesitado en cada momento de mi vida para poder llegar hasta aquí.

  • Gracias, mamá. Te quiero mucho. ¿Cómo estás?

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